Bianca no se había quedado en el spa. Había regresado antes de tiempo, impulsada por una sospecha que le quemaba las entrañas desde que vio la cercanía de Julián y Mía en el jet privado. Al entrar en la habitación y ver el balcón abierto, su primera intención fue interrumpirlos, pero algo en la mesita de noche de Julián detuvo sus pasos: el cuaderno de cuero negro.
Con manos temblorosas y una expresión de triunfo cruel, Bianca abrió el cuaderno. Sus ojos recorrieron rápidamente los planos y las notas técnicas, hasta que llegó a las páginas del final.
Allí estaba Mía.
No era un boceto rápido; era una colección de estudios anatómicos y emocionales. Mía riendo, Mía concentrada frente a un lienzo, y la más reciente: Mía bajo la lluvia, con el cabello empapado y esa mirada de vulnerabilidad y fuerza que solo Julián había logrado capturar.
—Así que es esto... —susurró Bianca, sintiendo una furia fría recorrerle la sangre—. No es solo la "hermanita" de Leo. Es su musa.
Escuchó las voces de ellos acercándose desde el balcón y, con una rapidez felina, sacó su teléfono móvil y tomó fotos de cada uno de los dibujos de Mía. Guardó el cuaderno exactamente como estaba y se deslizó hacia el baño justo antes de que Julián entrara en la habitación.
Mañana, en la gala de presentación de la expansión de Selene Global, Bianca no solo recuperaría su lugar. Se aseguraría de que el mundo entero, y especialmente Leo, viera exactamente qué es lo que Julián Sterling estaba "diseñando" en sus ratos libres
La mañana en París comenzó con un gris perlado que se filtraba por las cortinas de seda. Mía se despertó con el sonido de una notificación en su teléfono. Era un mensaje de Luna, su madre.
"Mía, recuerda que Selene Global no se levantó solo con planos fríos, sino con la intuición de tu abuela Juliette. Ella siempre decía que el diseño es la piel, pero el arte es el alma. Hoy, cuando estés frente a esos inversores junto a Julián y Leo, no hables como una empleada. Habla como una Ferrer. Te envié algo con el mensajero del hotel. Úsalo."
Mía dejó el teléfono, sintiendo el peso de la responsabilidad. Ser la melliza de Leo Ferrer nunca había sido fácil. Mientras él era el heredero perfecto de la lógica empresarial, ella siempre había sido la "pieza suelta". Pero Luna, que había recibido la empresa de manos de Juliette, sabía que Mía era el ingrediente secreto que Julián necesitaba para humanizar su arquitectura.
Al abrir el paquete que Luna le envió, Mía encontró un broche de diamantes en forma de media luna. Era de Juliette.
—Hoy no habrá "errores infantiles", Bianca —susurró Mía para sí misma, mientras Missiu Leguau, la siamesa, maullaba aprobando el brillo de la joya.
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Editado: 12.03.2026