Diseñando el Desastres

El Precio de la Verdad

Mía bajó del escenario con las manos todavía temblando, pero con la cabeza en alto. Julián la alcanzó antes de que pudiera llegar a la salida, tomándola del brazo en un rincón sombreado por una estatua de mármol.

—¿Por qué lo hiciste, Mía? —preguntó él, su voz era un susurro cargado de una emoción que ya no podía esconder—. Podrías haberme dejado caer. Podrías haberte salvado tú.

—No te estaba salvando a ti, Sterling —mintió ella, aunque sus ojos decían lo contrario—. Estaba salvando el broche de mi abuela. Y quizás... quería que supieras que no me da miedo tu desorden.

Julián se inclinó, su rostro a centímetros del suyo, ignorando que estaban en medio de la gala más importante de sus carreras.

—A mí sí me da miedo, Mía. Porque después de lo que acabas de hacer, ya no sé cómo voy a ser capaz de soltarte.

—No lo hagas —susurró ella.

Pero la burbuja estalló cuando la figura imponente de Leo apareció entre las sombras. Su rostro estaba rojo de furia y sus ojos mellizos, tan parecidos a los de Mía, destellaban fuego.

—Julián, afuera. Ahora —ordenó Leo con una voz que no admitía réplicas—. Y tú, Mía... a la suite. No hemos terminado de hablar de cómo usaste el nombre de mamá y de Juliette para tapar los berrinches de tu "amiguito".

La lluvia de París no era como la de la mansión; era fina, fría y calaba hasta los huesos. En los jardines del palacio, lejos de los flashes de la prensa, la tensión entre los dos hombres más importantes de la vida de Mía finalmente estalló.

—¡Es mi hermana, Julián! —El grito de Leo resonó contra las estatuas de mármol. Se detuvo y agarró a su amigo por la solapa de la chaqueta. —¡Mi melliza! Te abrí las puertas de mi familia, te di las llaves de Selene, y tú la dibujas como si fuera...

—¿Cómo si fuera qué, Leo? —Julián no retrocedió, aunque sus ojos grises estaban nublados por una mezcla de culpa y terquedad—. Es una artista. Es hermosa. La dibujo porque es una musa, no porque pretenda... nada.

Julián se soltó del agarre con un movimiento seco, acomodándose la chaqueta empapada. Su voz volvió a ser ese muro de hielo profesional.

—Lo de la pantalla fue una bajeza de Bianca, no un plan mío. Mía es tu hermana y es mi colega en este proyecto. Si crees que voy a arruinar años de amistad y el legado de tu madre por un impulso, me conoces muy poco.

—Te conozco lo suficiente para saber que nunca habías dibujado a nadie así —escupió Leo, señalando hacia el palacio—. Mantente lejos de ella, Sterling. Por el bien de la expansión y por el bien de nuestra amistad.

Julián no respondió. Se quedó allí, bajo la lluvia, viendo a Leo alejarse. Sus sentimientos estaban bajo siete llaves, o al menos eso quería creer, mientras el recuerdo de la calidez de Mía en el balcón le quemaba el pecho.




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