Diseñando el Desastres

El Exilio de la Modelo

Dentro del palacio, el ambiente para Bianca era muy distinto. El tiro le había salido por la culata. Los inversores, fascinados por el discurso de "humanidad y arte" de Mía, la ignoraban por completo.

—Bianca, querida —la voz de Luna sonó detrás de ella. La madre de los mellizos había seguido la presentación por videollamada y ahora, a través de la pantalla de un iPad que sostenía un asistente, su mirada era letal. —He visto lo que intentaste hacer.

—Luna, yo solo quería que vieran la falta de profesionalismo de... —empezó Bianca, palideciendo.

—Lo que hiciste fue vulnerar la privacidad de mi arquitecto estrella y de mi hija —la cortó Luna—. Selene Global no necesita modelos que construyen su carrera sobre el barro. Mañana a primera hora habrá un coche esperándote para llevarte al aeropuerto. Estás fuera de la campaña.

Bianca apretó su bolso de diseñador, mirando a Mía con un odio puro. —Esto no termina aquí, Mía. Tu "familia perfecta" tiene más grietas de las que crees.

Mía se había refugiado en un rincón apartado de la galería, tratando de procesar el hecho de que acababa de salvar la empresa familiar exponiendo su propio corazón. Fue entonces cuando un hombre anciano, de traje impecable y ojos que parecían haber visto un siglo de historia, se le acercó.

—Ese broche... —dijo el hombre con un marcado acento francés—. Solo lo vi una vez, en el cuello de Juliette Ferrer, en la primavera de 1965.

Mía se irguió, tocando la joya en su pecho. —¿Conoce a mi abuela?

—Soy su abogado aquí en París —el hombre sacó un pequeño sobre de terciopelo de su bolsillo y se lo entregó a Mía con manos temblorosas—. Ella me envió esto para que lo tenga bajo mi custodia. Dijo que solo debía entregarse a la Ferrer que tuviera "el valor de defender la belleza sobre el orden". Hoy, en ese escenario, demostraste ser tú.

Mía abrió el sobre. Dentro no había dinero ni documentos, sino una llave de bronce antigua con una etiqueta desgastada que decía: L'Atelier Caché (El Taller Oculto).

—¿Qué abre esto? —preguntó Mía, pero el hombre ya se alejaba entre la multitud de la gala.

Justo en ese momento, Julián entró en el salón, empapado por la lluvia y con la mirada más sombría que nunca. Al ver a Mía con la llave en la mano, se detuvo en seco. Él sabía exactamente qué era esa llave. Lo sabía porque Juliette se lo había mencionado en su lecho de muerte, como un secreto que ni siquiera Leo debía conocer.




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