Diseñando el Desastres

El Peso del Bronce

Mía apretaba la llave de bronce en su mano, sintiendo el metal frío contra su palma. El anciano abogado se había esfumado entre el champán y los vestidos de seda, pero Julián seguía ahí, de pie frente a ella, con la ropa aún húmeda por la lluvia de los jardines y una expresión que Mía no lograba descifrar.

—Tú sabes qué es esto —no fue una pregunta. Mía levantó la llave, mostrándosela.

Julián desvió la mirada hacia el gran ventanal donde se reflejaba la opulencia de la gala, pero sus dedos se cerraron en un puño. —Es una llave antigua, Mía. Versalles está lleno de ellas. Deberías guardarla y volver a la suite antes de que Leo decida que necesitas una escolta permanente.

—No me mientas, Sterling —Mía dio un paso hacia él, ignorando el protocolo—. El abogado dijo que Juliette la dejó para la Ferrer que tuviera "valor". Y tú palideciste al verla. Mi abuela te cuenta cosas que ni siquiera le dice a mi madre ni a Leo.

Julián suspiró, una exhalación pesada que delataba su cansancio. Se acercó a ella, bajando la voz para que nadie pudiera oírlos. —Juliette cree que el orden de Selene Global necesita un contrapeso. Me habló de un lugar en Montmartre, un taller donde guardaba lo que ella llama "los planos del corazón". Pero también me advirtió que buscarlo era abrir una puerta que Luna y Leo preferirían mantener cerrada.

—¿Por qué? —Mía entrecerró los ojos—. ¿Qué hay ahí, Julián?

—Verdades que no se calculan con matemáticas, Mía —respondió él, recuperando su tono distante—. Si me haces caso, mañana tomaremos el vuelo de regreso y olvidaremos que ese hombre se te acercó. Es lo mejor para la familia.

Mía soltó una risa seca. —"Lo mejor para la familia" es la frase favorita de Leo. Pensé que tú eras distinto. Pero no te necesito para encontrarlo. París es pequeño cuando tienes un objetivo.

Se giró para irse, pero Julián la tomó de la muñeca. El contacto fue eléctrico, una sacudida que hizo que ambos se tensaran. Él no la soltó de inmediato; sus ojos grises buscaron los de ella, luchando entre el deber y ese impulso que lo llevaba a dibujarla en secreto.

—No te voy a dejar andar sola por Montmartre de noche —dijo él, soltándola finalmente como si el contacto le quemara—. Iremos. Pero si lo que encontramos allí rompe la imagen que tienes de Juliette o de Selene, no digas que no te lo advertí.




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