El silencio en el taller de Montmartre era tan denso que Mía podía escuchar la respiración agitada de Julián a su lado. Afuera, el eco de una sirena parisina recordaba que el mundo seguía girando, pero allí dentro, el tiempo se había detenido en 1965.
Mía se sentó en un viejo taburete, sosteniendo la fotografía de su madre, Luna, junto a Juliette.
—Ahora entiendo por qué Juliette es tan protectora con mamá —susurró Mía, con los ojos empañados—. Mi abuela perdió a su propia hija y a su esposo en aquel accidente... Estaba rota hasta que encontró a Luna. Mi madre estaba sola, embarazada de Leo y de mí, huyendo de mi padre que la trataba como un objeto y de sus propios padres que la vendieron. Juliette no solo la adoptó; la salvó.
Julián se acercó, apoyándose en la mesa de dibujo. La luz de su teléfono creaba sombras alargadas en su rostro, endureciendo sus facciones.
—Juliette me confesó una vez que Selene Global nació como una fortaleza —dijo Julián en voz baja—. No eran solo una empresa de moda y una empresa constructora. Era un muro diseñado para que nadie pudiera volver a tocar a Luna ni a ustedes. Por eso los edificios de Selene son tan imponentes, tan... inexpugnables.
Mía levantó la vista hacia él. —¿Es por eso que eres tan frío, Julián? ¿Por qué Juliette te entrenó para ser el arquitecto de esa fortaleza? ¿Para protegernos incluso de nosotros mismos?
Julián apretó la mandíbula. Estaba a centímetros de ella, y el aroma a lluvia y a la colonia de él se mezclaba con el polvo del taller. —Mi trabajo era cuidar la estructura, Mía. Leo se encarga de los negocios, y yo de que los muros sean altos. Pero tú... —extendió la mano, rozando apenas un mechón de cabello de Mía— tú siempre te las ingenias para encontrar las grietas y llenarlas de color.
Al otro dia en el hotel
#137 en Novela contemporánea
#67 en Otros
#41 en Humor
novela romántica, comedia romance, comedia humor enredos aventuras romance
Editado: 12.03.2026