Al llegar a la villa del inversor francés, Julián saltó del descapotable con la agilidad de un modelo de revista. Mía bajó riendo, sintiéndose libre por primera vez en días.
—¡Tía Mía! ¡Tío Julián! —Jazmín salió disparada de la camioneta y se colgó de la pierna de Julián. Él, a pesar de su fama de mujeriego incorregible, la levantó en vilo y la hizo girar.
—¡Pero si es la princesa de la casa! —dijo Julián, dándole un beso en la mejilla—. ¿Has visto este coche? Cuando cumplas seis, te dejo conducirlo.
—¡Ni lo sueñes, Sterling! —rugió Leo bajando de la camioneta con un bolso de pañales al hombro—. No metas ideas raras en su cabeza.
Bianca, que había logrado convencer a Leo de que la llevara en la camioneta (para su desgracia, terminó cubierta de papilla de fruta de los bebés), bajó furiosa.
—¡Este viaje es un horror! —chilló Bianca, dejando su bolso de edición limitada sobre una mesa de jardín—. ¡Mis zapatos están arruinados y huelo a leche cortada!
Paz le guiñó un ojo a Mía. Mientras Bianca se alejaba para quejarse con el anfitrión, Paz sacó un trozo de Camembert extremadamente maduro y oloroso que había "tomado prestado" del brunch y, con una agilidad de ninja, lo metió en el compartimento secreto del bolso de Bianca.
—Missiu, haz lo tuyo —susurró Paz. La gata se acercó al bolso y empezó a restregarse, asegurándose de que el olor quedara bien impregnado.
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Editado: 12.03.2026