Por la noche, después de que Valeria lograra dormir a los cinco niños (con la ayuda de Juliette, que, aunque es la matriarca, es la única que sabe cómo calmar a los trillizos con una sola mirada), los adultos se reunieron en la bodega de la villa.
—Esto está muy aburrido —declaró Paz, sirviéndose una copa de vino tinto—. Vamos a jugar a "Verdad o Reto". Pero versión adultos.
—Paz, tenemos una reunión mañana... —intentó decir Leo, pero Valeria le puso una mano en el pecho.
—Leo, cállate. Yo quiero jugar —dijo Valeria, divirtiéndose—. Julián, tú empiezas. ¿Verdad o reto?
Julián, con esa sonrisa de medio lado que hacía que Mía quisiera lanzarle una almohada o besarlo, respondió: —Reto. Siempre reto.
—Te reto —dijo Paz con malicia— a pasar diez minutos a solas con Mía en la cava de los vinos reserva... pero sin hablar de arquitectura, ni de trabajo, ni de Leo. Y si escuchamos un solo grito, pierdes.
—¿A solas? —saltó Leo—. ¡Ni hablar! ¡Soy su hermano!
—¡Y yo soy su esposa y te digo que te sientes! —Río Valeria.
Julián se levantó y le tendió la mano a Mía. —¿Qué dices, "pequeña Mía"? ¿Sobrevivirás a diez minutos conmigo sin intentar asesinarme con un sacacorchos?
Mía tomó su mano, sintiendo la descarga eléctrica de siempre. —Depende, Sterling. Si te portas bien, quizás no te deje encerrado ahí dentro para siempre.
La cava de la villa estaba iluminada apenas por unas velas bajas, creando un ambiente que olía a madera vieja y a decisiones peligrosas. Julián cerró la pesada puerta de roble y se apoyó en ella, cruzando los brazos con esa sonrisa de suficiencia que tanto irritaba (y atraía) a Mía.
—Bueno, Ferrer. Tenemos diez minutos —dijo Julián, su voz resonando baja entre los barriles—. ¿Quieres que te explique la importancia del arco de medio punto en la arquitectura francesa o prefieres que aprovechemos el silencio?
—Ni se te ocurra hablarme de arcos, Sterling —respondió Mía, caminando nerviosa entre las estanterías de vinos—. Cuéntame mejor... ¿por qué un tipo como tú, que tiene a modelos como Bianca haciendo fila, sigue soltero y jugando al eterno seductor?
Julián se quedó callado un momento. Dio un paso hacia ella, rompiendo la distancia de seguridad. Su mirada se volvió inusualmente seria, aunque conservaba esa chispa pícara.
—Porque la única mujer por la que dejaría de ser un desastre... no parece darse cuenta de que cada plano que dibujó tiene su nombre escondido en las sombras —susurró él, acercándose tanto que Mía podía oler su perfume—. Estoy soltero porque ella es la única que me hace querer construir algo permanente, pero es demasiado testaruda para ver más allá de mi reputación.
Mía sintió que el aire se espesaba. —¿Y quién es ella?
Julián sonrió de lado, recuperando su tono juguetón. —Eso, pequeña Mía, es un secreto que me llevaré a la tumba. O al menos hasta que termine el juego de Paz.
Un reloj de pared marcó el final de los diez minutos. Mía, con el corazón martilleando contra sus costillas y sintiendo que si se quedaba un segundo más se lanzaría a sus brazos, tomó una decisión impulsiva. Se puso de puntitas, le plantó un beso rápido y sonoro en la mejilla —casi rozando la comisura de sus labios— y salió disparada de la cava.
Apareció en el salón roja como un tomate, con el pelo un poco revuelto y la respiración agitada.
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Editado: 12.03.2026