—¡Vaya, miren quién volvió! —exclamó Paz, alzando su copa—. Mía, pareces un semáforo en rojo. ¿Qué te hizo el arquitecto?
Bianca, que estaba sentada junto a Leo con una expresión de absoluto aburrimiento, saltó de inmediato. —Seguramente nada que ella pueda manejar —escupió Bianca con veneno—. Julián es un hombre de mundo, no está para juegos infantiles. ¿Verdad, mi amor? —añadió cuando Julián salió de la cava, viéndose sospechosamente satisfecho.
En ese momento, el inversor francés, Monsieur Dupont, se acercó a Bianca. —Mademoiselle Bianca, me han dicho que usted tiene las tarjetas de contacto de la agencia. Me encantaría tener una.
—¡Por supuesto, Monsieur! —dijo Bianca con una sonrisa de triunfadora, lanzándole una mirada de superioridad a Mía.
Abrió su bolso de diseño con un gesto dramático. En el instante en que la cremallera cedió, una bofetada de olor a Camembert podrido inundó el salón. Monsieur Dupont retrocedió tres pasos, tapándose la nariz con el pañuelo.
—Mon Dieu! —exclamó el francés—. ¿Qué lleva usted ahí? ¿Un cadáver de granja?
Bianca palideció mientras buscaba frenéticamente su tarjeta, solo para encontrar su estuche de maquillaje cubierto de una pasta cremosa y pestilente. Paz y Mía se taparon la boca para no estallar en carcajadas, mientras Missiu Leguau pasaba por al lado de Bianca maullando con tono burlón.
—¡Es esa gata! ¡Y esa mujer! —chilló Bianca señalando a Paz—. ¡Julián, haz algo! ¡Mi bolso está arruinado!
Julián, aguantando la risa, se encogió de hombros. —Lo siento, Bianca. Yo soy arquitecto, no experto en lácteos. Quizás deberías... ventilarte un poco.
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Editado: 12.03.2026