Mientras tanto, en el salón principal, Bianca intentaba limpiar su bolso con una servilleta, destilando veneno. Al ver a Jazmín (la debilidad de Leo) jugando con sus muñecas, se le ocurrió un plan.
—Hola, pequeñita —dijo Bianca con una sonrisa que daba miedo—. ¿Sabes qué es esto? Es un chocolate suizo carísimo. Te lo daré si me ayudas con una travesura. Solo tienes que tirar este vaso de jugo sobre el caballete de pintura de tu tía Mía.
Jazmín, que a sus 5 años ya tenía la astucia de su abuela Juliette y la firmeza de su madre Valeria, miró el chocolate y luego a Bianca.
—Tía Mía dice que las personas que regalan cosas para romper las de otros tienen baja autoestima —respondió Jazmín con una madurez que dejó a Bianca muda—. Además, mi mamá dice que el chocolate suizo da caries si no te lavas los dientes tres veces. Y tú hueles a queso viejo, señora.
Paz, que pasaba por ahí con una copa de vino, soltó una carcajada estrepitosa. —¡Boom! Anótalo, Bianca. Una niña de cinco años acaba de destruirte. Por cierto, ¿ya te enteraste? Dicen que el olor a Camembert en cuero de lujo es la nueva tendencia en las pasarelas de... ninguna parte.
—¡Ustedes son insoportables! —chilló Bianca.
—No, querida —dijo Paz, apoyándose en una columna—. Somos Ferrers y asociados. Estamos en otro nivel. ¿Por qué no vas a buscar a Julián? Ah, no, espera... está "ocupado" con Mía en alguna parte donde tú no estás invitada.
El viaje de regreso a la mansión fue la verdadera prueba de fuego. El descapotable tuvo un problema con la capota y, debido a una tormenta repentina, todos terminaron amontonados en la camioneta gigante de Leo.
El cuadro era glorioso: Leo conducía tenso; Valeria iba de copiloto tratando de que los trillizos (Mateo, Alessandro y Sofía) no usaran el coche como un tambor gigante; Luka seguía analizando la aerodinámica del vehículo; Jazmín se había quedado dormida en el regazo de Julián; y Paz iba en el fondo intentando enseñarle a Missiu Leguau a "dar la patita".
Mía estaba apretada entre Julián y una montaña de pañales.
—Sterling —susurró Mía, mientras el llanto coordinado de los trillizos empezaba de nuevo—, ¿sigue pareciéndote una buena idea el diseño de "espacios abiertos" o prefieres una celda insonorizada?
Julián, que tenía a Jazmín roncando suavemente en su hombro, la miró y sonrió con una ternura que no pudo ocultar. —Prefiero cualquier lugar donde estés tú, Mía. Aunque sea en este circo ambulante que llamas familia. Por cierto... —se acercó a su oído—, Luka tiene razón. Todavía tengo la marca de tu beso. Y no pienso quitármela.
—¡Te escuché, Sterling! —gritó Leo desde el volante sin mirar atrás—. ¡Si hablas de marcas una vez más, te bajo en la autopista!
—¡Papá, la probabilidad de que Julián sobreviva en la autopista con esta lluvia es de un 12.5%! —intervino Luka—. ¡Sería un desperdicio de capital humano!
Paz soltó una risa y Mía escondió la cara en el hombro de Julián, sintiendo que, a pesar del ruido, los niños y el olor a queso que aún perseguía a Bianca (que iba en el asiento de atrás del todo, enfurruñada), no quería estar en ningún otro lugar.
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Editado: 12.03.2026