Diseñando el Desastres

La Jefa de Obra de Siete Años

Al día siguiente, en el estudio de la mansión, Julián estaba intentando concentrarse en los planos de la expansión. Sin embargo, se había quedado mirando un punto fijo, recordando la suavidad de la mejilla de Mía y el sabor a travesura de aquel beso.

—Ese ángulo de inclinación en el ala este va a generar una resistencia al viento innecesaria, Julián. Además, el flujo de circulación hacia el salón de baile resulta ineficiente para una familia con cinco niños y una gata psicópata.

Julián dio un salto. Luka estaba sentado en su silla ergonómica, con un lápiz detrás de la oreja y los planos de la expansión extendidos. Había dibujado círculos rojos y anotaciones matemáticas por todas partes.

—Luka... —suspiró Julián—. Esos planos son para un inversor multimillonario, no para un set de Legos.

—Mi análisis sugiere que el inversor preferiría no tener cuellos de botella en la entrada —respondió el niño con frialdad—. He recalculado el espacio. Si mueves este muro tres metros, puedes incluir un estudio de arte con luz cenital para la tía Mía. Matemáticamente, eso aumentaría su felicidad en un 40%, lo cual reduciría tu índice de "suspiros por minuto" cuando la miras.

Julián se quedó mudo. No sabía si contratar al niño o enviarlo a un internado en Marte. En ese momento, Mía entró en el estudio.

—¿Qué hacen? —preguntó ella, viendo a los dos "arquitectos" ensimismados.

—Luka me está despidiendo de mi propio proyecto —dijo Julián, señalando las correcciones—. Y lo peor es que tiene razón. El niño es un genio, Mía. Ha diseñado un espacio para ti dentro del edificio principal.

Mía se acercó y vio los dibujos de Luka. Sintió una punzada de ternura al ver cómo Julián y su sobrino habían estado pensando en ella.




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