Diseñando el Desastres

El Plan "Celos de Acero" de Paz

Mientras tanto, en el jardín, Paz estaba terminando su tercer espresso mientras observaba a Bianca intentar caminar por el césped con tacones de aguja.

—Mía, ven aquí —llamó Paz cuando vio a su amiga salir del estudio—. Tenemos que hablar de Sterling. Ese hombre está demasiado cómodo. Sabe que te tiene ahí, muerta por sus huesos, y se dedica a coquetear con la camarera y a dejar que Bianca le cuelgue del brazo. Necesitamos un catalizador.

—¿Un qué? —preguntó Mía sospechando lo peor.

—Un exnovio. O algo parecido. Mi primo Geovani llega esta tarde de Italia. Es guapo, es fotógrafo y tiene esa intensidad de "te miraré hasta que te desmayes". Vamos a fingir que ustedes tuvieron algo en Australia.

—¡Paz, no! Leo se va a volver loco y Julián... bueno, a Julián no le importará.

—¿Qué no le importará? —Paz soltó una carcajada—. Julián es un arquitecto, Mía. Le gusta ser el dueño de la estructura. Si ve a otro hombre poniendo sus herramientas en su territorio, va a colapsar. Confía en mí.

La noche del baile llegó. La mansión de Juliette estaba decorada con miles de velas y flores blancas. Todos llevaban máscaras venecianas, lo que añadía un aire de misterio y permitía que los chismes volaran más rápido que el champán.

Juliette, impecable con una máscara de encaje negro, vigilaba que los trillizos estuvieran bajo control de las niñeras, mientras Leo buscaba desesperadamente a Julián para seguir cuestionándolo sobre el "incidente de la cava".

Mía apareció con un vestido de seda color medianoche y una máscara de plata. A su lado, Geovani, el primo de Paz, cumplía su papel a la perfección, susurrándole al oído y riendo como si compartieran el secreto más sexy del mundo.

Julián, vestido con un esmoquin que debería estar prohibido por ley por lo bien que le quedaba, estaba apoyado en la barra, ignorando las quejas de Bianca. Al ver a Mía con el italiano, su copa de whisky se detuvo a mitad de camino.

—¿Quién es ese tipo? —le preguntó Julián a Paz, que pasaba por allí con un antifaz de plumas.

—¿Él? Oh, es Geovani. Mía y él fueron... inseparables en Sídney. Él dice que ella es su musa absoluta. ¿No hacen una pareja divina? —dijo Paz con una sonrisa malvada—. Creo que él planea pedirle que se mude a Roma con él.

Julián apretó tanto el vaso que Paz pensó que lo rompería.

—Mía no se va a Roma —gruñó Julián.

—¿Y por qué no, Sterling? No es como si ella tuviera un compromiso aquí... ¿o sí? —Provocó Paz antes de alejarse bailando.

Julián no aguantó más. Dejó la copa y caminó hacia la pista de baile. Justo cuando Geovani iba a poner una mano en la cintura de Mía, Julián se interpuso con la agilidad de un depredador.

—Perdona, amico —dijo Julián con un tono de voz que no aceptaba un no por respuesta—. Esta pieza me la debe la señorita Ferrer por una deuda... estructural.

Julián arrastró a Mía hacia el centro de la pista. Bajo la máscara, sus ojos grises ardían.

—¿Roma, Mía? ¿En serio? —le susurró mientras la pegaba a su cuerpo más de lo que el protocolo permitía—. No sabía que te gustaban los fotógrafos con complejo de poeta.

—A los artistas nos gusta la gente que aprecia la belleza, Julián —respondió Mía con sarcasmo, disfrutando de verlo perder el control—. Y Geovani aprecia mucho mis... pinceladas.

—Pues dile a Geovani que si vuelve a tocarte, voy a rediseñar su cara —sentenció Julián, haciendo que Mía soltara una risita triunfal—. No te vas a ninguna parte. No hasta que terminemos lo que empezamos en la cava.

En ese momento, Missiu Leguau, que se había colado en la fiesta, saltó sobre la mesa del buffet, tirando una torre de profiteroles directamente sobre el vestido de Bianca, quien soltó un alarido que se escuchó hasta en los Alpes.

—¡Es la señal! —gritó Paz desde lejos—. ¡Caos total!




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