Paz y Mía estaban en la habitación de esta última, observando el video que Paz había grabado en el jardín.
—Es una víbora con extensiones, Mía —dijo Paz, cruzándose de brazos—. Tenemos que hundirla antes de que envíe esas fotos a la prensa.
—Espera —intervino Luka, que había entrado sin llamar con su laptop—. No necesitamos hundirla todavía. He interceptado la señal del servidor del fotógrafo. Si ejecuto este script, cada vez que intente subir una foto de tía Mía con Julián, el sistema la reemplazará automáticamente por una de Missiu Leguau bostezando.
Mía soltó una carcajada a pesar de la rabia. —Hazlo, Luka. Que el mundo vea la cara de mi gata en lugar de mi escándalo.
Esa noche, Julián regresó a su despacho agotado. Bianca apareció con dos copas de cristal y una sonrisa que pretendía ser conciliadora.
—Julián, he pensado en lo que dijiste. Tienes razón, he estado tensa. Bebamos una última copa por los viejos tiempos, como amigos y socios —dijo ella con voz melosa.
Julián, confiado en que ella finalmente había entendido su lugar, aceptó la copa. Lo que no vio fue el polvo blanquecino que Bianca había disuelto en el licor. Diez minutos después, el arquitecto sentía que el mundo pesaba una tonelada.
—Me siento... extraño —murmuró Julián antes de que su cabeza cayera pesadamente sobre el respaldo del sofá del despacho. Estaba profundamente dormido.
Bianca no perdió tiempo. Con una frialdad mecánica, le quitó la corbata, le desabrochó los primeros botones de la camisa y ella se soltó el cabello, acomodándose a su lado en una posición que, ante la cámara del celular, parecía el después de una noche de pasión. Click. Envió la foto directamente al número de Mía con un texto breve: “Me dijo que era un contrato, pero las acciones dicen más que las palabras. Aléjate de mi hombre”.
Mía estaba terminando un boceto cuando su teléfono vibró. Al ver la imagen, sintió como si le hubieran vaciado un balde de agua helada en el pecho. Ahí estaba Julián, el hombre que hace unas horas la miraba con adoración, dormido junto a Bianca.
—¿Mía? ¿Estás bien? —preguntó Paz al ver que su amiga se ponía pálida.
Mía bloqueó el teléfono rápidamente. Su orgullo Ferrer se activó como un escudo. No iba a llorar. No iba a ir a gritarle a Julián. Si él quería jugar a dos bandas, ella le enseñaría cómo se ve un incendio artístico.
—Estoy perfectamente, Paz —respondió Mía con una voz gélida y sarcástica—. Solo recordé que los cimientos de Julián Sterling son mucho más inestables de lo que pensaba. Pero no le digas nada. No quiero que sepa que vi nada. Mañana tenemos la rueda de prensa de la expansión... y voy a darles un espectáculo que no olvidarán.
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Editado: 12.03.2026