El restaurante "L'Oiseau" era el epítome del romance francés. Mía estaba sentada frente a Sebastian, quien no paraba de contar historias sobre sus viajes por el mundo. Sebastian era encantador, sí, pero Mía no podía dejar de pensar en la foto de Bianca y Julián. Su sarcasmo era su única defensa.
—Y entonces, el jefe de la tribu me dijo que yo tenía el alma de un guerrero —decía Sebastian, tomando la mano de Mía.
—Qué fascinante, Sebastian. Yo tengo el alma de alguien que se está preguntando si el guerrero sabe que tiene un trozo de perejil entre los dientes —respondió Mía con una sonrisa letal.
Sebastian se puso rojo y buscó una servilleta. En la mesa de al lado, un hombre con un sombrero ridículo y gafas de lectura estaba escondido detrás de un menú inmenso. A su lado, un niño pequeño con una tablet escribía furiosamente.
—Julián, baja el menú. Estás bloqueando el flujo de aire y tía Mía acaba de mirar hacia aquí —susurró Luka—. El sujeto Vance está intentando recuperar terreno con una anécdota sobre caridad. Rápido, pide el plato más ruidoso de la carta para interrumpir el ambiente.
Julián, poseído por el espíritu de la competencia, llamó al camarero. —Quiero la sopa de cebolla más caliente que tengan. Y quiero que la traigan haciendo mucho ruido.
Mientras tanto, en la gala benéfica que Bianca había organizado para "limpiar su imagen" tras el desastre de Missiu, las cosas no iban mejor. Bianca llevaba un vestido que era básicamente una escultura de metal y plumas, tan rígido que apenas podía respirar.
—Bienvenidos a la noche de la elegancia —anunció Bianca, intentando bajar las escaleras.
Pero el destino (o más bien el karma) tiene sentido del humor. Missiu Leguau, que por algún motivo siempre terminaba donde Bianca estaba, apareció entre las cortinas. Bianca, al ver a la gata, recordó el desastre de las fotos y dio un respingo. Sus tacones se engancharon en el dobladillo de metal de su propio vestido.
Lo que siguió fue una caída en cámara lenta. Bianca no rodó, se deslizó como un pingüino metálico por la alfombra roja hasta quedar atrapada en una maceta gigante de helechos.
—¡Mi vestido! ¡Mis plumas! —Chilló Bianca, mientras los fotógrafos capturaban el momento en que parecía un pájaro exótico intentando anidar en un hotel de lujo.
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Editado: 12.03.2026