Diseñando el Desastres

La Indiferencia es un Arte

Durante los siguientes tres días, Mía aplicó la técnica que Paz denominó como "El Vacío Sterling". No le gritaba, no le lanzaba miradas de odio, ni siquiera le hacía desplantes. Simplemente, lo trataba con una cortesía tan profesional y gélida que hacía que el Polo Norte pareciera el Caribe.

—Sterling, los informes de resistencia del hormigón están sobre tu mesa. Gracias por tu puntualidad —dijo Mía mientras pasaba por el pasillo, sin siquiera detener su paso.

Julián, que estaba apoyado en el marco de la puerta esperando una oportunidad para disculparse, se quedó con la boca abierta. —¿"Sterling"? ¿Desde cuándo soy "Sterling" otra vez, Mía? Ayer era Julián... o al menos "el arrogante de Julián".

Mía se detuvo y lo miró con una sonrisa tan perfecta y vacía que le dio escalofríos. —Somos socios de proyecto, ¿no? Y según tu novia, yo solo soy un "experimento de descarga de tensión". No querría confundir mis capas pictóricas con tus estructuras de ficción. Buen día, arquitecto.

—¡Mía, espera! —intentó él, pero ella ya se había puesto los auriculares y seguía caminando al ritmo de una canción de jazz, dejando a Julián hablando solo con las paredes.

—Vaya, Sterling —dijo Paz, apareciendo de la nada con una lima de uñas—. Esa fue una demolición impecable. Si necesitas un psicólogo, tengo el número de uno... pero cobra caro por casos de ego fracturado.

El desastre ocurrió durante una inspección rutinaria en la nueva ala de la mansión, que todavía estaba en fase de esqueleto estructural. Julián insistía en revisar los cables del ascensor panorámico, y Mía, como directora de arte, tenía que supervisar dónde irían los murales.

—No entres ahí, Mía, todavía no es seguro —advirtió Julián cuando ella se acercó a la cabina del ascensor de carga.

—Sé perfectamente dónde piso, Sterling. No necesito que me diseñes un mapa para caminar —respondió ella, entrando en la cabina para ver la perspectiva de la luz.

Julián, suspirando, entró tras ella para asegurarse de que no tocara nada peligroso. En ese preciso momento, un trueno retumbó sobre Ginebra y un rayo golpeó el generador provisional de la obra. Con un chirrido metálico y un sacudón violento, el ascensor se detuvo en seco entre el segundo y el tercer piso.

Las luces parpadearon y se apagaron, dejando solo la luz de emergencia rojiza y tenue.

—Oh, fantástico —dijo Mía, apoyándose en la pared metálica con los brazos cruzados—. Atrapada en una caja de metal con el hombre que usa a la gente para "practicar escenas". Mi día no podía ser mejor.

—Mía, no empieces —dijo Julián, buscando señal en su teléfono—. Es un fallo eléctrico. Leo nos sacará en diez minutos.




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