Media hora después, el estudio de Julián —antes un santuario de orden y minimalismo— parecía una zona de guerra.
Sofía había decidido que los planos de la expansión eran excelentes servilletas para sus galletas. Mateo intentaba usar la regla de escala de Julián como espada contra una pierna de la mesa, y Alessandro simplemente gritaba a pleno pulmón cada vez que Mía intentaba dejarlo en la alfombra.
—¡Julián, haz algo! —gritó Mía, tratando de limpiar la baba de Sofía de un renderizado en 3D—. ¡Se supone que eres el experto en gestionar espacios!
—¡No hay espacio que soporte este nivel de entropía, Mía! —respondió Julián, que ahora tenía una mancha sospechosa en su camisa de diseño mientras intentaba preparar un biberón con una mano—. ¡Mateo, suelta eso! ¡Esa regla cuesta más que tu futuro coche!
Mía se echó a reír al verlo tan desbordado. El gran Julián Sterling, el hombre que intimidaba a inversores internacionales, estaba siendo derrotado por un bebé de ocho meses.
—¿De qué te ríes? —preguntó él, con el pelo revuelto.
—De que te ves mucho más humano con leche en la camisa que con ese esmoquin de "novio por contrato" —respondió Mía, acercándose para ayudarlo con el biberón.
Sus manos se rozaron sobre la botella. El llanto de Alessandro cesó por un segundo, y el silencio en el estudio se volvió pesado.
—Mía... —susurró Julián—. No quiero ser el hombre del contrato. Quiero ser el hombre que sabe que Alessandro tiene gases y que tú eres la única mujer que no me mira como si fuera un trofeo.
—Cuidado, Sterling —dijo ella con su sarcasmo habitual, aunque sus ojos brillaban—. Si sigues siendo tan tierno, voy a pensar que el ascensor realmente te dañó el cerebro. Ahora, cámbiale el pañal a Mateo. Es tu turno.
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Editado: 12.03.2026