La caravana salió hacia los Alpes. En la camioneta principal, Leo intentaba mantener la cordura mientras Alessandro y Mateo competían por quién gritaba más fuerte, y Luka intentaba explicarle a Jazmín la física detrás de las avalanchas.
—¡Papá, si el ángulo de la pendiente supera los 30 grados y el peso de la camioneta altera la vibración del suelo...! —explicaba Luka.
—¡Luka, por favor, solo mira los pinitos! —suplicó Leo, mientras Valeria se reía dándole un biberón a Sofía.
Mientras tanto, en el coche de Julián, el ambiente era... diferente. Mía iba de copiloto, mirando por la ventana con una indiferencia digna de un Oscar, mientras Julián intentaba romper el hielo (literalmente).
—¿Sabes que ese chalet tiene una de las mejores bibliotecas de arquitectura de Europa? —dijo Julián, buscando conversación.
—Qué bien. Podrás leerle cuentos a tus planos mientras yo pinto el paisaje —respondió Mía sin mirarlo—. Y por cierto, si crees que por estar en la nieve voy a olvidar que todavía no has despedido formalmente a Bianca de tu vida, estás muy equivocado.
—Mía, el contrato está en manos de Oliver. Ya te dije que...
—"Error estructural", lo sé —le cortó ella—. Céntrate en la carretera, Sterling. No querría que Luka tuviera razón sobre su teoría de las avalanchas por culpa de tu falta de atención.
El chalet era una construcción impresionante de madera y piedra, pero el idilio duró poco. En cuanto abrieron las puertas, Missiu Leguau saltó del bolso de Paz, tocó la nieve con una pata, soltó un maullido de indignación pura y corrió a refugiarse dentro de la chimenea (afortunadamente apagada).
—¡Genial! La gata ya se declaró en huelga —dijo Paz, entrando con sus tacones hundiéndose en la nieve—. ¿Dónde está mi habitación? Espero que esté lejos de la de Oliver. No quiero escuchar el sonido de su ego inflándose por las mañanas.
—Dudo que mi ego haga más ruido que tus ronquidos de diva, Paz —replicó Oliver, cargando las maletas—. Pero hay un problema. Juliette solo reservó cuatro habitaciones principales.
Leo y Valeria se miraron. —Nosotros necesitamos dos por los niños —dijo Valeria rápidamente.
—Eso deja dos habitaciones para cuatro adultos —calculó Luka con una sonrisa malvada desde el fondo del pasillo—. Según la lógica de distribución, Mía y Julián comparten una, y Paz y Oliver la otra. Es la solución más eficiente.
El grito de Paz y Mía se escuchó en todo el valle.
—¡Ni muerta! —gritó Paz. —¡Sobre mi cadáver! —exclamó Mía.
Julián y Oliver se miraron. Julián con una chispa de esperanza que intentó ocultar, y Oliver con una expresión de "esto va a ser un campo de batalla legal".
—Bueno —dijo Julián, tratando de sonar casual—, siempre podemos dormir en el sofá... pero hace unos -10°C afuera y la calefacción del salón tarda tres horas en arrancar. ¿Qué prefieren? ¿Orgullo o hipotermia?
Mía miró a Julián, luego a la nieve que empezaba a caer con fuerza afuera. —Sterling... si cruzas la línea invisible que voy a dibujar en medio de la cama con cinta de embalar, te juro que terminarás pintado de azul fluorescente antes del amanecer.
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Editado: 12.03.2026