Diseñando el Desastres

Trineos de Plata y Caos Blanco

A la mañana siguiente, Juliette decretó "Día de Esquí Familiar". Mía y Julián terminaron a cargo de los más pequeños mientras Leo y Valeria intentaban que los trillizos no se convirtieran en bolas de nieve rodantes.

—¡Tío Julián, quiero ir rápido! —gritó Jazmín, tironeando de su chaqueta.

Julián, que se veía absurdamente guapo con equipo de nieve, se dio cuenta de que el trineo de Jazmín se había roto. Sin pensarlo dos veces, entró al restaurante del refugio, "tomó prestada" una bandeja de plata gigante para servir champagne y se lanzó por la pendiente con la niña.

—¡Sterling, vas a matarla! —gritó Mía, bajando con sus esquís detrás de ellos.

—¡Es aerodinámica pura, Mía! —gritó Julián mientras bajaban a toda velocidad, riendo como un niño.

Terminaron todos amontonados en la base de la colina. Julián estaba cubierto de nieve, con Jazmín saltando sobre él de alegría. Mía llegó frenando y, por la inercia, terminó cayendo justo encima de él. Sus rostros quedaron a centímetros.

—¿Ves? —susurró Julián, su aliento cálido en el frío—. A veces los desastres son las mejores estructuras.

—Sigues siendo un idiota, Sterling —dijo Mía, pero no se movió de encima de él hasta que Luka apareció con una cámara.

—La probabilidad de que este contacto físico termine en una neumonía es del 15%, pero la probabilidad de que mi padre aparezca con un palo de esquí para golpearte, Julián, es del 95% —comentó el niño con frialdad—. Sugiero retirada táctica.

La cena de fondue transcurría en una paz sospechosa. Paz y Oliver estaban en medio de un debate sobre si el vino blanco era mejor que el tinto para el queso (Paz ganó por volumen de gritos), cuando la puerta principal del chalet se abrió con un estruendo.

Acompañada de una ráfaga de viento gélido, apareció Bianca. Llevaba un abrigo de piel blanca tan grande que parecía un yeti de pasarela, y arrastraba una maleta pequeña.

—¡Julián! ¡Gracias a Dios los encuentro! —sollozó Bianca con un dramatismo que haría llorar a un mimo—. Mi GPS se volvió loco, me perdí buscando el spa de lujo de la otra montaña y... mi coche se quedó sin batería justo aquí. ¡Es un milagro!

—Un milagro para ti, una tragedia para el ecosistema —murmuró Paz, pinchando un trozo de pan con saña—. Bianca, el spa está a cincuenta kilómetros de aquí. Tu GPS no está loco, tu sentido de la orientación es tan falso como tus pestañas.

—¡Juliette, por favor! —suplicó Bianca, mirando a la matriarca—. No pueden dejarme afuera, ¡hay lobos! ¡Y hace mucho frío!

Juliette miró a Mía, luego a Julián, y finalmente a la gata Missiu, que estaba observando a Bianca desde lo alto de la chimenea con los ojos entrecerrados.

—Bien, Bianca. Puedes quedarte —dijo Juliette con una sonrisa enigmática—. Pero no hay habitaciones libres. Tendrás que dormir en el sofá del salón... con Missiu. Y ella no comparte la manta.

—¡¿En un sofá?! —gritó Bianca—. ¡Soy la imagen de tres marcas internacionales!

—Y ahora serás la imagen de una mujer durmiendo en un sofá de madera —dijo Mía con su sarcasmo más refinado—. Julián, creo que te olvidaste de decirle a "tu chica" que los Alpes no aceptan contratos de exclusividad.




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