Eran las tres de la mañana. El chalet estaba sumido en la oscuridad, excepto por el resplandor de la nieve en el exterior. Bianca, tiritando en el sofá y harta de que Missiu Leguau le siseara cada vez que intentaba taparse con la manta, decidió que era hora de recuperar su "territorio".
Se levantó con sigilo, recordando que Julián le había dicho que su habitación era la tercera a la derecha. Pero entre la penumbra y su falta de sentido de la orientación, Bianca contó mal. Abrió la puerta de la segunda habitación y se deslizó dentro de la cama, buscando el calor del cuerpo que estaba allí.
—Oh, Julián... sabía que me estabas esperando —susurró Bianca, abrazando la espalda de la figura bajo las sábanas.
—Si vuelves a tocarme, voy a interponer una orden de alejamiento que se estudiará en Harvard como el caso de acoso más absurdo del siglo —respondió una voz masculina gélida y despierta.
Bianca soltó un grito ahogado. No era Julián. Era Oliver Thorne, que estaba sentado en la cama con su laptop encendida, mirándola con un desprecio absoluto. Al otro lado de la cama, Paz se incorporó de un salto, encendiendo la luz de la mesita y con un rodillo de pelo en la mano listo para ser usado como arma.
—¡¿Pero qué diablos hace este Yeti de pasarela en mi cama?! —gritó Paz—. ¡Ollie, te dije que tu perfume atraía a las alimañas!
—¡Me equivoqué de habitación! —Chilló Bianca, tapándose la cara.
—¡Te equivocaste de planeta, querida! —replicó Paz, empujándola fuera del colchón—. ¡Fuera de aquí antes de que use mis habilidades de diseño para rediseñarte la cara!
A la mañana siguiente, mientras todos desayunaban en una mesa llena de tensión (y café muy cargado), Luka se acercó a Bianca con una tablet en la mano y una expresión de total neutralidad.
—Señorita Bianca, he realizado una auditoría del motor de su vehículo —dijo Luka, lo suficientemente alto para que Julián y Mía escucharan—. Es fascinante. El cable de la batería no se soltó por la vibración del camino. El corte tiene un ángulo de 45 grados, típico de unas tijeras de manicura de alta gama. Unas muy parecidas a las que usted tiene en su bolso.
Bianca palideció, dejando caer su tostada. —Yo... no sé de qué hablas, niño.
—Habla de fraude, Bianca —intervino Oliver, ajustándose la corbata—. Fingir un accidente para invadir una propiedad privada es un delito menor, pero muy vergonzoso si llega a los tabloides.
Luka asintió. —Sin embargo, estoy dispuesto a borrar la evidencia de mis cámaras de seguridad si usted acepta un contrato de servicios comunitarios.
—¿Qué tipo de servicios? —preguntó Bianca con desconfianza.
Luka señaló hacia el rincón donde Mateo, Alessandro y Sofía acababan de terminar su ración matutina de puré de frutas. El olor que emanaba de la zona era... revelador.
—Los trillizos tienen una eficiencia metabólica impresionante —dijo Luka—. Papá y mamá están en el spa. Tía Mía y Julián van a las termas. Usted es la nueva Directora de Gestión de Residuos de Pañal. Tiene diez minutos para empezar antes de que la evidencia del motor llegue al grupo de WhatsApp de la agencia de modelos de París.
Mía y Julián compartieron una mirada de pura satisfacción mientras Bianca, al borde de las lágrimas, se ponía unos guantes de cocina amarillos para enfrentar su destino.
#137 en Novela contemporánea
#67 en Otros
#41 en Humor
novela romántica, comedia romance, comedia humor enredos aventuras romance
Editado: 12.03.2026