Paz soltó una carcajada seca y se sentó en el borde de la mesa, invadiendo su espacio personal a propósito.
—Estrategia legal... sí, claro. ¿Cómo la estrategia que usaste en las termas? —soltó ella con una sonrisa maliciosa—. Esa de "me acerco a la testigo hasta que casi le provoco una arritmia". Muy profesional, Thorne. Seguro que te lo enseñaron en la escuela de leyes de los robots.
Oliver se tensó. El recuerdo del vapor y de Missiu en el patito de goma pasó por su mente como un cortocircuito.
—Lo de las termas fue un error de cálculo ambiental. El exceso de humedad afecta los neurotransmisores —respondió él, recuperando su máscara de hierro—. Además, te recuerdo que fuiste tú la que no dejaba de hablar de códigos penales con esa voz... irritante.
—¿Irritante? —Paz se indignó—. ¡Era una lectura interpretativa! Y te recuerdo que no fui yo la que se quedó mirando mis labios como si fueran una cláusula de exclusividad.
—Estaba buscando señales de una posible infección cutánea por tu máscara de pepinos, Valente. No te sientas tan especial.
—¡Eres un mentiroso patológico, Ollie! Te morías de ganas de besarme —aseguró Paz, apuntándolo con el dedo—. Pero descuida, tu secreto está a salvo conmigo. No le diré a nadie que el gran Oliver Thorne tiene debilidad por las mujeres que lo hacen quedar como un tonto.
—Si ya terminaste con tu monólogo de narcisismo preventivo, tenemos trabajo —dijo Oliver, ignorando el comentario y pasándole una carpeta—. Necesito que transcribas el audio que captó la gata. Palabra por palabra. Un juez no va a aceptar "un maullido y algo que dijo la rubia".
—¿Yo? ¿Transcribir? —Paz lo miró como si le hubiera pedido que barriera la calle—. ¡Soy diseñadora, no tu secretaria!
—Eres la única que estaba presente en el chalet y que puede identificar las voces sin que parezca un informe sesgado de un niño de siete años —replicó Oliver, volviendo a su computadora—. Así que siéntate ahí, ponte los auriculares y deja de quejarte. Tienes cinco horas antes de que la prensa se devore a Julián.
Paz bufó, se sentó en el sofá de cuero del despacho y se puso los cascos con tanta fuerza que casi se rompe la diadema.
—Esto es acoso laboral —murmuró ella.
—Esto es salvarle el pellejo a tu mejor amiga, Paz. Intenta concentrarte en algo que no sea tu propio reflejo en el cristal —respondió él sin mirarla.
Pasaron tres horas de silencio absoluto, solo interrumpido por el tecleo furioso de Paz y el ocasional suspiro de Oliver. De vez en cuando, Oliver levantaba la vista para verla: Paz tenía el ceño fruncido, mordiéndose el labio inferior mientras escuchaba el audio de Missiu. Se veía... extrañamente dedicada.
—Thorne —dijo Paz de repente, quitándose un auricular—. En el audio, Bianca menciona que tiene "copias de seguridad" de algo más que los planos. Dice algo sobre "el secreto de la abuela Juliette".
Oliver frunció el ceño. —Juliette no tiene secretos, tiene estrategias. Pero si Bianca cree que tiene algo contra la matriarca, es más estúpida de lo que pensaba. Sigue escuchando. Si llegamos a eso, la demanda no será por difamación... será por intento de extorsión.
—Vaya —dijo Paz, con una chispa de respeto genuino en los ojos—. Cuando te pones en modo "tiburón legal", casi das miedo. Da lástima que luego te asustes con una gata en un jacuzzi.
—Vuelve al trabajo, Valente.
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Editado: 03.04.2026