Julián y Mía habían planeado todo con precisión matemática. Según el GPS de Luka, Paz estaba en una sesión de manicura y Oliver en una audiencia en los juzgados. Era el momento perfecto para ir a ese café bohemio en las afueras de Ginebra donde nadie los conocía.
—Por fin —susurró Julián, tomando la mano de Mía sobre la mesa de madera—. Pensé que tendría que pedirle permiso a Oliver hasta para respirar el mismo aire que tú.
—Mi hermano Leo sospecha menos que esos dos —dijo Mía, relajando por fin los hombros—. Paz está obsesionada. Dice que huelo a "arrepentimiento y perfume de hombre".
Estaban a punto de compartir un trozo de tarta de chocolate cuando la puerta del café se abrió. Entraron Paz y Oliver, riendo (falsamente) de forma exagerada.
—¡Oh, pero qué coincidencia tan... arquitectónica! —exclamó Oliver, fingiendo sorpresa mientras se sentaba en la mesa justo al lado de ellos, sin ser invitado—. ¿Revisando los planos del postre, Sterling?
—¿Paz? ¿Oliver? ¿Qué hacen aquí? —preguntó Mía, retirando su mano como si la mesa estuviera ardiendo.
—Vine a comprar granos de café orgánico —dijo Paz, sentándose tan cerca de Mía que sus bolsos se tocaban—. Y Oliver me trajo porque, ya sabes, como abogado, es experto en detectar granos... fraudulentos. ¿Y ustedes? ¿Discutiendo el uso del color marrón en la fachada?
Pasaron una hora de "cita de cuatro" donde cada intento de Julián por acercarse a Mía era interrumpido por una anécdota aburrida de Oliver sobre impuestos o un comentario sarcástico de Paz sobre los "peligros de las relaciones laborales".
De regreso a la mansión, Mía, frustrada por la cita fallida, decidió enviarle un mensaje a Julián mientras él estaba en la biblioteca con Leo.
Mía (Mensaje): "No puedo dejar de pensar en lo que te haría si no tuviéramos a dos sombras pegadas a nosotros. Te espero en el estudio de arte a medianoche. Ven sin ropa... de trabajo."
El corazón de Mía se detuvo cuando vio el encabezado del chat: "FAMILIA SELENE GLOBAL (7 miembros)".
—¡No, no, no! —gritó Mía, intentando borrarlo, pero su conexión Wi-Fi fluctuó justo en ese instante.
En el despacho de Oliver, el teléfono del abogado vibró. Al leer el mensaje, se le cayó la pluma. —¡Valente! ¡Código Rojo! —gritó Oliver por el intercomunicador—. ¡La artista ha lanzado un misil balístico al chat grupal!
Paz entró corriendo. —¡Luka está bañándose y Leo tiene el teléfono sobre la mesa del comedor! Si Valeria lo ve, se lo leerá a todos.
En una operación de comando digna de un thriller, Paz distrajo a Leo fingiendo un ataque de alergia repentino en la cocina ("¡Leo, el polen de estas flores me está matando!"), mientras Oliver se deslizaba bajo la mesa del comedor como una serpiente en traje de diseñador. Con una agilidad que no sabía que tenía, Oliver tomó el teléfono de Leo, usó el dedo del propio Leo (que estaba distraído con Paz) para desbloquearlo y borró el mensaje de Mía justo un segundo antes de que apareciera el check azul.
—Misión cumplida —susurró Oliver, saliendo de debajo de la mesa cubierto de pelusa, pero con su orgullo intacto.
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Editado: 02.04.2026