Para celebrar el nuevo contrato, Selene Global organizó un baile de máscaras temático: "Venecia en Ginebra". Era la oportunidad perfecta. Mía y Julián acordaron ir disfrazados de "Casanova y la Dama de Rojo", con máscaras doradas integrales.
—Nadie nos reconocerá —dijo Julián—. Podremos estar juntos en la terraza.
Pero Paz y Oliver habían escuchado la conversación detrás de una puerta.
Esa noche, el salón estaba lleno de capas, plumas y máscaras. Julián vio a la "Dama de Rojo" cerca de la fuente y se acercó, tomándola de la cintura. —Por fin te encuentro, mi pequeña artista —susurró él al oído.
—¿Artista? Yo diría que soy más una "especialista en sabotaje" —respondió una voz que no era la de Mía.
Julián se separó horrorizado. La máscara se levantó: era Paz. —Buen intento, Romeo. Pero Mía está en el buffet intentando ligar con un "Casanova" que en realidad es Oliver.
Efectivamente, en el otro extremo del salón, Mía estaba apoyada en el hombro de un hombre con capa dorada, creyendo que era Julián. —Sterling, qué silencioso estás hoy —decía Mía con ternura.
—Es que estoy procesando los honorarios por este servicio de vigilancia —respondió Oliver, quitándose la máscara con una sonrisa de victoria.
Mía soltó un grito de frustración que fue ahogado por la música de la orquesta.
Mía y Julián se encontraron en el pasillo de los baños, furiosos.
—Esto tiene que parar, Julián —dijo Mía, ajustándose la máscara—. No podemos dar un paso sin que esos dos aparezcan como personajes de una película de terror.
—Tengo un plan —dijo Julián, con una chispa de malicia en los ojos—. Si ellos quieren jugar a los espías, les daremos un caso que no puedan resolver.
Julián se acercó a Mía y, esta vez, se aseguró de que no hubiera nadie cerca... o eso creía. Missiu Leguau, sentada sobre una estatua de mármol con su propio antifaz minúsculo, observaba la escena.
—Mañana —susurró Julián—, les haremos creer que vamos a escaparnos a París. Reservaré dos vuelos falsos a mi nombre y al tuyo. Mientras ellos corren al aeropuerto, nosotros nos quedaremos aquí, en la mansión, que estará vacía.
—Es brillante, Sterling —admitió Mía—. Por primera vez, tu cerebro de arquitecto ha diseñado algo útil.
Pero lo que no sabían es que Oliver había instalado un sistema de rastreo en el collar de Missiu, y la gata estaba transmitiendo el audio en directo a su teléfono.
—¿Vuelos a París, eh? —dijo Oliver, mirando a Paz mientras ambos bebían champagne—. Parece que mañana tendremos que hacer un viaje al aeropuerto... pero no para detenerlos, sino para darles una sorpresa que no olvidarán.
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Editado: 02.04.2026