Luka había llevado su experimento demasiado lejos. Un "error" en el sistema de cierre centralizado de la mansión, provocado por un comando mal ejecutado en su tablet, bloqueó las puertas de las suites principales. Pero lo que el pequeño genio no previó fue que Paz y Olver estaban juntos en la suite junto a la de Mia escuchando a la parejita para interrumpir si las cosas se ponían caliente, al encerrarlos, no estaba creando estrés... estaba eliminando las distracciones.
En la habitación de Mía, el silencio era absoluto. Julián la miraba bajo la tenue luz de las lámparas de papel, y por primera vez, no había sarcasmo en sus ojos, solo una devoción profunda.
Él se acercó con movimientos lentos, como si estuviera trazando el plano más importante de su vida. Sus manos, expertas en medir ángulos, recorrieron la curva de la cintura de Mía con una delicadeza asombrosa. Ella dejó escapar un suspiro entrecortado cuando los labios de Julián encontraron su cuello, depositando besos suaves que eran como pinceladas de fuego sobre un lienzo en blanco.
Se deslizaron sobre las sábanas de seda. No hubo prisa, solo un descubrimiento mutuo de piel y calor. Julián se movía sobre ella con una cadencia dulce, susurrando su nombre entre jadeos suaves que llenaban el espacio. Cada caricia era una promesa, cada movimiento una unión perfecta de formas. Mía arqueó la espalda, entregándose a esa danza rítmica y armoniosa que los llevó, en un clímax de ternura, a fundirse el uno en el otro.
En la habitación contigua, la atmósfera era radicalmente distinta. Oliver apenas había tenido tiempo de cerrar la puerta cuando Paz lo empujó contra la madera maciza.
—Ni una palabra, Thorne —sentenció ella, con los ojos brillando de una forma que Oliver nunca había visto—. No quiero leyes, ni argumentos, ni sarcasmo.
Antes de que él pudiera responder con una de sus réplicas ácidas, Paz lo tiró sobre la cama con una fuerza sorprendente. Se subió sobre él, dominando la situación, y empezó a cabalgarlo con una pasión que desbordaba meses de peleas e insultos reprimidos. Oliver, atrapado entre el asombro y el deseo más puro, gruñó con fuerza, sujetándola por las caderas mientras ella dictaba el ritmo de la batalla.
Pero Oliver no era un hombre que se dejara dominar por mucho tiempo. Con un movimiento ágil y potente, giró los cuerpos, quedando él sobre ella. La embistió con una fuerza que hizo vibrar los cimientos de la suite, cada empuje cargado de la competitividad y la tensión que siempre los había unido. No hubo suavidad, solo una entrega total y salvaje que terminó con ambos exhaustos, colapsados sobre el colchón en un silencio absoluto de victoria compartida.
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Editado: 02.04.2026