A la mañana siguiente, el sistema de seguridad se desbloqueó automáticamente.
Julián y Mía estaban abrazados, envueltos en una paz que nunca habían experimentado. Julián le besó la frente mientras ella dibujaba círculos invisibles en su pecho. Por primera vez, no importaba si alguien entraba; la estructura estaba consolidada.
En la otra habitación, Paz y Oliver estaban de espaldas, recuperando el aliento, pero sus manos estaban entrelazadas bajo las sábanas.
—Valente... —susurró Oliver, con la voz todavía rota por el esfuerzo—. Mañana seguiremos odiándonos. Pero hoy... acepto que tu "argumentación" fue impecable.
—Cállate, Thorne —respondió Paz con una sonrisa cansada—. Todavía tienes que pagarme el desayuno.
Afuera, en el pasillo, Missiu Leguau pasó caminando frente a las puertas cerradas. Se detuvo, olfateó el aire, se arregló el collar de perlas y siguió de largo con un maullido de aprobación. La mansión Selene Global había sobrevivido a la noche, pero nada volvería a ser igual.
El comedor de la mansión era un monumento a la tensión contenida. Juliette presidía la mesa con su habitual elegancia, observando a todos por encima de sus gafas. Leo y Valeria estaban demasiado ocupados intentando que los trillizos no convirtieran el cereal en proyectiles.
Julián y Mía bajaron juntos. Mía tenía un brillo en los ojos que ninguna paleta de colores podría igualar, y Julián... Julián caminaba con la seguridad de quien acaba de construir el edificio más alto del mundo.
—Buenos días —dijo Julián, con una voz sospechosamente suave.
—Te ves... descansada, Mía —comentó Valeria con una sonrisa pícara—. ¿Pintaste mucho anoche?
—Encontré la inspiración en unos ángulos muy interesantes —respondió Mía, dándole un sorbo a su café y lanzándole una mirada a Julián que lo hizo casi atragantarse con el jugo.
Entonces entraron Paz y Oliver. Si Mía y Julián eran la calma, ellos eran el cortocircuito. Paz llevaba el cabello en un moño desordenado y Oliver tenía la corbata ligeramente torcida (un pecado capital para él). Se sentaron en extremos opuestos, evitando mirarse.
—Thorne, me pasas la mermelada —dijo Paz, con su tono sarcástico habitual, pero con una ronquera en la voz que no pasó desapercibida.
—Tómala tú, Valente. Tus manos parecen estar perfectamente funcionales después de... tanto ejercicio —respondió Oliver, y por un segundo, sus miradas chocaron con una chispa que casi incendia el mantel.
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Editado: 02.04.2026