En ese momento, el timbre de la mansión sonó con un ritmo alegre. Segundos después, Enzo Mancini entró al comedor luciendo sus gafas de sol y una sonrisa que ocupaba media habitación.
—¡Buongiorno familia! —exclamó el italiano—. Paz, bella mía, el sol ha salido solo para verte. He traído mi descapotable. Vamos a dar una vuelta por las curvas de la montaña, ¿sí?
Oliver dejó caer la cuchara dentro de su taza con un golpe metálico que hizo que todos se callaran. Se levantó lentamente, ajustándose la chaqueta del traje.
—Mancini —dijo Oliver, su voz bajando dos octavas—. La señorita Valente tiene una agenda legal muy apretada esta mañana. Estamos redactando una demanda por... invasión de espacio personal y ruido excesivo. No tiene tiempo para vueltas en coches que parecen latas de sardinas rápidas.
Enzo se rió, acercándose a Paz. —El abogado es muy serio, siempre con los papeles. Paz, ¿quieres leyes o quieres libertad?
Paz miró a Oliver, quien la observaba con una posesividad que le hacía hervir la sangre de placer. —Sabes, Enzo... —empezó Paz—. Hoy me apetece un poco de velocidad.
Oliver dio un paso al frente, interponiéndose entre el piloto y Paz. —Si tocas ese coche, Valente, te juro que presentaré un recurso de amparo contra tu sentido común.
—¿Ah, sí, Thorne? —desafió ella, levantándose y quedando cara a cara con él—. ¿Y bajo qué términos legales vas a detenerme?
—Bajo el término de que... —Oliver se acercó tanto que sus narices casi se rozaron— ...anoche firmaste un contrato implícito de exclusividad conmigo.
El comedor se quedó en un silencio sepulcral. Leo dejó caer el biberón de Mateo
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Editado: 02.04.2026