Antes de que alguien pudiera preguntar a qué se refería Oliver, Luka entró con su tablet, caminando con la parsimonia de un juez supremo.
—He terminado el análisis de los registros de audio y vibración de la noche anterior —anunció el niño con total inocencia—. He detectado un fenómeno acústico inusual.
—¡Luka, no es momento! —gritó Mía, poniéndose roja.
—Es un asunto de seguridad estructural —insistió Luka, ignorándola—. Los sensores del ala este registraron una frecuencia de 120 decibelios, principalmente gritos rítmicos y el sonido de muebles chocando contra la pared de la Suite 2. Sujeto Paz, tu frecuencia vocal alcanzó una nota que solo los perros y Missiu Leguau pueden procesar.
Paz escondió la cara entre las manos. Oliver, por primera vez en su vida, buscó desesperadamente una salida de emergencia.
—Y en la Suite 3 —continuó Luka, girándose hacia Julián—, los niveles de jadeos suaves sugieren una falta de oxígeno preocupante. Tío Julián, ¿estabas realizando una prueba de carga sobre la tía Mía? Porque el colchón sufrió una deflexión de 4 centímetros durante dos horas.
Juliette soltó una carcajada elegante, mientras Leo miraba a Julián con los ojos como platos.
—¡Sterling! —rugió Leo—. ¡¿Estabas haciendo qué con mi hermana?!
En medio del caos, Missiu Leguau saltó sobre la mesa. Se paseó frente a Enzo, le olfateó los pantalones de cuero con asco y luego se sentó frente a Oliver. La gata maulló con fuerza y luego, con una pata elegante, empujó la tablet de Luka fuera de la mesa, estrellándola contra el suelo.
—¡Mi tablet! —gritó Luka.
Juliette se levantó, dando por terminada la función. —Parece que Missiu ha decidido que la privacidad ha vuelto a la mansión. Leo, deja de gritar, tus gritos asustan a los niños y son menos interesantes que los de Paz. Julián, Mía... felicidades por la "prueba de carga". Oliver, deshazte del italiano o hazlo tu cliente, pero sácalo de mi vista.
Juliette salió del comedor con una sonrisa de victoria. Mía y Julián se miraron, sabiendo que el secreto había explotado, pero sintiéndose extrañamente aliviados.
Paz miró a Oliver, que seguía rojo de furia y vergüenza. —¿Así que "contrato de exclusividad", Thorne? —susurró Paz—. Me vas a tener que explicar las cláusulas... en privado.
Oliver la tomó del brazo, ignorando por completo a un Enzo Mancini que no entendía nada. —Vámonos a mi despacho. Ahora.
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Editado: 02.04.2026