Leo estaba de pie en el centro del salón, con los brazos cruzados y esa mirada que suele usar para intimidar a los inspectores de obra. Julián intentaba mantener su postura de arquitecto de éxito, pero estar siendo juzgado por tu mejor amigo después de que su hijo de siete años explicara la "deflexión de tu colchón" le restaba puntos de autoridad.
—Un compromiso formal, Sterling. Mañana mismo —decretó Leo—. No voy a permitir que mi hermana sea el "experimento de carga" de nadie sin un anillo de por medio.
—¡Leo, no seas arcaico! —protestó Mía, aunque por dentro la idea de ver a Julián sudando frente a un altar improvisado le daba un placer sarcástico infinito—. No necesito que nadie limpie mi honor. Mi honor está perfectamente pintado.
—No es por ti, es por la imagen de la empresa —mintió Leo, aunque todos sabían que le hervía la sangre—. Mañana organizaremos un cóctel de compromiso. Si vas a estar en su cama, Julián, vas a estar en sus papeles.
Julián miró a Mía. Ella le guiñó un ojo con malicia. —Está bien, Leo —dijo Julián, recuperando su sonrisa de galán—. Acepto el reto. Pero si voy a comprometerme, el anillo tiene que ser estructuralmente perfecto. Nada de diamantes aburridos.
Mientras tanto, en el despacho de Oliver, el aire estaba tan viciado de tensión que los expedientes parecían estar a punto de prenderse fuego. Paz estaba sentada sobre el escritorio de mármol, tachando párrafos con un marcador rojo fluorescente.
—No voy a firmar este anexo de confidencialidad, Thorne —dijo Paz, lanzándole el bolígrafo—. Has puesto una coma criminal antes del sujeto. Es una falta de ortografía jurídica y estética.
—Esa coma es necesaria para separar la cláusula de rescisión de la de "no contacto en horas laborales", Valente —respondió Oliver, acercándose con paso lento y depredador—. Pero veo que tu obsesión con el diseño te impide entender la sintaxis del poder.
—¿Sintaxis? —Paz se levantó, quedando a centímetros de su pecho—. Lo que tú tienes es una obsesión con el control. Y anoche... —bajó la voz a un susurro— ...no parecías muy preocupado por las comas cuando me pedías que no parara.
Oliver soltó un gruñido que no tenía nada de legal. Agarró a Paz por la cintura y la sentó de nuevo en el escritorio, esparciendo los papeles de la demanda de Bianca por todo el suelo.
—Cláusula primera —susurró Oliver, atacando su cuello—. Queda prohibido el uso de sarcasmo cuando mis manos están en tu cintura.
—Cláusula segunda —respondió Paz, enredando sus dedos en el cabello de él—... El abogado tiene derecho a guardar silencio, pero no lo hará porque me gusta cuando pierde la compostura.
El escritorio de Oliver Thorne, por segunda vez en menos de 24 horas, se convirtió en una zona de "ejercicio rítmico" que dejaría a Luka sin palabras (o con muchos datos nuevos para su tablet).
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Editado: 02.04.2026