A la mañana siguiente, en una carretera apartada de los Alpes, el coche deportivo de Enzo y el sedán híbrido de Oliver estaban alineados. Paz, con un mono de carreras que la hacía parecer una Barbie de la Fórmula 1, se subió al asiento del copiloto de Oliver.
—Recuerda, Thorne: el freno es el enemigo. Y si no pasas esa curva a 200, te juro que te golpeo con este casco —dijo Paz, entregándole un casco de piloto que le quedaba ridículamente grande.
Oliver, que nunca había superado los 120 km/h en su vida, tragó saliva. —Valente, esto es una locura. Podemos terminar en prisión.
—La prisión es temporal, la humillación es para siempre —replicó Paz—. ¡Vamos, Ollie! ¡Demuéstrale a ese espagueti con ruedas quién manda aquí!
La carrera comenzó. Enzo salió disparado, dejando a Oliver en una nube de polvo. Pero Paz era la mejor copiloto que un abogado en crisis podía tener.
—¡Adelante, Ollie! ¡Ahora! ¡Pisa el acelerador como si estuvieras huyendo de una multa de tráfico de tres cifras! ¡Corta esa curva como si fueras a despedir a un empleado incompetente! —gritaba Paz, dándole palmadas en el hombro.
Oliver, impulsado por los gritos de Paz y el recuerdo de Enzo besándole la mano, aceleró a fondo. Sus manos apretaban el volante, sus nudillos blancos. El sedán híbrido se deslizaba por las curvas, rozando el límite. En un giro inesperado, Oliver usó una maniobra ilegal que había visto en una película, cerrándole el paso a Enzo y obligándolo a frenar bruscamente.
—¡Ganamos! —gritó Paz, abrazando a Oliver con una euforia salvaje.
Oliver, pálido y sudando, apenas podía respirar. —Acabo de infringir 17 leyes de tráfico, Valente. Y casi me mato.
—Pero ganaste, Ollie. Y eso es lo único que importa —Paz lo miró, y por un segundo, la alegría en sus ojos fue tan genuina que Oliver se olvidó de las multas.
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Editado: 02.04.2026