Mientras tanto, Mía y Julián habían logrado encontrar la cabaña, justo al amanecer. Estaban agotados, pero felices. El sol se filtraba por las ventanas, iluminando el polvo y las telarañas.
—Así que... ¿un compromiso perdido en el bosque y un beso salvado por la orientación de una artista? —dijo Julián, sentándose en el suelo junto a Mía.
—Y una cabaña que esconde los mejores secretos de la mansión —respondió Mía, apoyando la cabeza en su hombro.
Julián sacó su teléfono. Tenía un mensaje de texto de Paz: "Le ganamos al italiano. Estoy pensando en abrir un bufete de abogados con volante".
—Parece que la pareja de locos también tuvo su "noche movida" —dijo Julián, riéndose.
—Me alegro por ellos —respondió Mía, cerrando los ojos—. Pero esta cabaña es nuestra. Nuestro secreto. Por ahora.
Julián la atrajo hacia él. —Me gusta ese plan, Mía. Porque construir un imperio es bueno, pero construir una vida contigo... eso es mi verdadero proyecto.
En el estacionamiento de un bar de mala muerte a las afueras de Ginebra, lejos del glamour de Selene Global, Bianca y Enzo compartían una botella de vino barato que habían comprado en el bar.
—Ese abogado me hizo parecer un aficionado en la carretera —gruñó Enzo, apretando el volante de su coche, que ahora tenía una abolladura por culpa de la maniobra de Oliver—. Nadie me humilla así.
—Y a mí me reemplazaron por una pintora que usa ropa de segunda mano —siseó Bianca—. Pero tengo una información que Julián no espera. El "Inversor Fantasma". Un multimillonario que odia a la familia Ferrer y que está dispuesto a financiar un proyecto rival para hundir la expansión de Selene Global. Solo necesitamos los códigos de acceso que Julián guarda en su caja fuerte... y sé quién puede conseguirlos.
Bianca sacó una foto de Missiu Leguau. —Si controlamos a la gata, controlamos la casa
#89 en Novela contemporánea
#42 en Otros
#22 en Humor
novela romántica, comedia romance, comedia humor enredos aventuras romance
Editado: 02.04.2026