Una hora más tarde, en el bufete, la "renegociación" entre Paz y Oliver había pasado de las palabras a la acción sobre el escritorio de caoba. Documentos de suma importancia volaban por el aire mientras Oliver intentaba demostrar que su dominio del "derecho civil" era total.
De repente, la puerta se abrió de golpe. Leo Ferrer entró con un fajo de papeles en la mano y la cara de quien no ha dormido por culpa de unos trillizos.
—¡Oliver! Necesito que revises el anexo de...
Leo se quedó petrificado. El silencio que siguió fue tan pesado que el propio aire acondicionado pareció detenerse por respeto. Oliver estaba congelado, con la camisa a medio vestir, mientras Paz intentaba esconderse detrás de una pila de libros de Derecho Procesal.
—¿Leo? —balbuceó Oliver, recuperando su tono de abogado por puro instinto—. Estábamos... analizando una cláusula de proximidad.
—¿Una cláusula de proximidad? —rugió Leo, poniéndose rojo como un tomate—. ¡Oliver, ella está encima del escritorio de una de las oficinas de MI empresa! ¡Y es la mejor amiga de MI hermana!
—¡Técnicamente es el escritorio de tu empresa, pero bajo mi jurisdicción! —gritó Paz desde detrás de los libros, tratando de recuperar su dignidad—. ¡Y el análisis fue muy profundo, Leo! ¡No interrumpas el debido proceso!
Leo se tapó los ojos con una mano. —Salgan de aquí. Los dos. Ahora. Oliver, si vuelvo a entrar y veo un solo centímetro de piel de Paz Valente en esta oficina, te juro que te envío a trabajar a la sucursal de la Antártida. ¡Y tú, Paz, vete a buscar a Mía antes de que llame a Juliette!
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