El aeropuerto de Ginebra nunca había visto un grupo tan dispar. Julián intentaba facturar las maletas mientras Oliver revisaba los términos y condiciones del seguro de viaje por quinta vez. Pero el verdadero problema estaba en el transportín de lujo que Mía sostenía con determinación.
—Mía, cariño —dijo Julián, con una sonrisa forzada—, ¿estás segura de que Missiu Leguau necesita viajar en primera clase? Es una gata. En la bodega estaría... fresca.
—Missiu no es una gata, Sterling, es una accionista moral de esta familia —respondió Mía mientras la gata asomaba una pata por la rejilla, luciendo un collar de diamantes minúsculo—. Si ella no va en cabina, yo no voy al avión. Y si yo no voy al avión, tú te vas de vacaciones con Oliver y sus códigos penales.
Oliver levantó la vista de sus papeles. —Técnicamente, el reglamento de la aerolínea permite animales de apoyo emocional. Y después de lo que pasé con Leo en la oficina, considero que Missiu es mi principal fuente de estabilidad mental ahora mismo.
Paz apareció con tres sombreros de paja gigantes y una cámara profesional. —¡Dejen de discutir! Nos vamos a la Costa Azul. Oliver, relájate; Julián, deja de mirar el reloj. Y Missiu... intenta no arañar a la azafata si no te sirve el salmón a la temperatura adecuada.
Instalados en un exclusivo club de playa en Saint-Tropez, la situación se volvió explosiva. Mía y Paz, luciendo bikinis de diseño que hacían que el resto de la playa pareciera un catálogo de rebajas, decidieron ir a la barra por unos cócteles mientras los hombres "vigilaban" las hamacas.
—Cinco minutos —masculló Oliver, cronometrando con su reloj de buceo—. Han pasado exactamente trescientos segundos y ya hay un hombre con una camisa de lino abierta hasta el ombligo intentando explicarles cómo se pronuncia "rosé".
—Ese no es el problema, Oliver —dijo Julián, poniéndose las gafas de sol y apretando la mandíbula—. El problema es el tipo que acaba de aparecer en una moto de agua y le está ofreciendo a Mía una "vuelta rápida por la bahía".
—¿Una vuelta rápida? —Oliver se levantó de un salto—. Eso es una violación flagrante del derecho de propiedad... emocional. ¡Ese hombre no tiene chalecos salvavidas homologados, lo veo desde aquí!
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Editado: 02.04.2026