Diseñando el Desastres

La Estrategia del Contraataque

Mía y Paz estaban riendo con un fotógrafo francés y un instructor de vela italiano llamado Gianluca, que parecía haber sido esculpido por los mismos dioses del mármol.

Bella signorina—decía Gianluca, inclinándose hacia Mía—, el mar está tranquilo, pero mi corazón está en tormenta desde que las vi.

—Oh, qué poético —respondió Mía con su sarcasmo habitual, divirtiéndose al ver a Julián acercarse a paso rápido—. Lástima que mi "arquitecto de cabecera" sea un poco sensible con las tormentas ajenas.

Julián llegó y rodeó la cintura de Mía con un brazo protector, mientras Oliver se colocaba al lado de Paz con una expresión de estar a punto de presentar una demanda colectiva.

—Hola, Gianluca —dijo Julián con una sonrisa gélida—. Soy Julián Sterling. Construyo rascacielos. ¿Tú qué haces? ¿Alquilas flotadores de patito?

—Yo enseño a sentir el viento —respondió el italiano, sin inmutarse—. ¿Y usted, señor ? —miró a Oliver—. Parece que ha pasado mucho tiempo bajo luces fluorescentes.

—He pasado el tiempo suficiente para saber que tu permiso de actividad comercial en esta zona de la playa podría ser revocado por acoso a turistas —replicó Oliver, ajustándose las gafas con una elegancia letal—. Paz, es hora de volver a la sombrilla. Hay demasiado... ozono aquí fuera.

Mientras los celos ardían bajo el sol, Missiu Leguau decidió que ella también quería participar. Mía la había dejado en una hamaca a la sombra, pero la gata, aburrida de la falta de atención, divisó el bolso de marca de una mujer que estaba coqueteando con Julián (para gran molestia de Mía).

Con la precisión de un ninja, Missiu se acercó y, con un movimiento rápido, lanzó las llaves del coche de la mujer directamente adentro de un pozo hecho en la arena luego lo tapó, justo antes de regresar a su sitio y fingir que dormía.

—¡Oh, no! ¡Mis llaves! —gritó la mujer.

Julián, intentando ser el caballero que Mía estaba ignorando por culpa de Gianluca, se ofreció a buscar. Terminó de rodillas en la arena, sudando y lleno de polvo, mientras Mía y Paz lo miraban desde arriba con copas de champán.

—Mira eso, Paz —dijo Mía—. Mi prometido oficial está haciendo castillos de arena buscando llaves. ¿No es tierno?

—Es patético —susurró Oliver al oído de Paz—. Yo nunca me arrodillaría así.

—No, tú solo te arrodillas para pedirme que no use comas innecesarias —rio Paz, dándole un beso en la mejilla que lo dejó mudo.




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