Diseñando el Desastres

Montecarlo y el All-In del Orgullo

Al día siguiente, el grupo se trasladó al Casino de Montecarlo. Mía y Paz querían probar suerte en la ruleta, pero la atención se desvió cuando un jugador profesional llamado Dimitri empezó a darle consejos "personalizados" a Paz sobre cómo apostar.

— El secreto, ma chère, no es la estadística, sino la intuición —decía Dimitri, colocando su mano sobre la de Paz para mover la ficha—. Deja que yo te guíe.

Oliver, que hasta ese momento había estado calculando las probabilidades de la mesa con precisión robótica, sintió que su sistema entraba en cortocircuito.

— La intuición es solo una palabra que usan los que no saben sumar, Dimitri —intervino Oliver, apartando la mano del hombre con la frialdad de un cirujano—. Paz, quítate de ahí. Voy a demostrarle a este caballero cómo juega un abogado de Selene Global.

— ¿Vas a apostar, Ollie? —preguntó Paz, divertida—. Pensé que odiabas el azar.

— El azar no existe cuando tienes el presupuesto de la oficina de Ginebra —respondió Oliver, sacando una cantidad indecente de fichas—. Todo al negro. Por el honor del Derecho Civil.

La ruleta empezó a girar. Julián miraba a Mía, que estaba charlando con un multimillonario ruso sobre la arquitectura del casino, y decidió que él no podía quedarse atrás.

— Yo también voy —dijo Julián—. Todo al rojo. Si gano, Mía, nos vamos de aquí ahora mismo a un lugar donde no haya condes ni jugadores de ventaja.

— ¿Y si pierdes? —preguntó Mía, arqueando una ceja.

— Si pierdo... le diseño una casa gratis a Missiu Leguau en los Alpes.

La bola saltó, golpeó los bordes y, tras unos segundos de silencio agónico, cayó en el Verde (Cero). La casa ganaba todo.

Julián y Oliver se quedaron mirando el tapete vacío mientras Dimitri y el ruso se reían. Mía y Paz se acercaron a ellos, tomándolos del brazo.

— Bueno, caballeros —dijo Mía—, parece que se han quedado sin fichas y sin dignidad. Por suerte para ustedes, nosotras ganamos en las máquinas tragaperras mientras ustedes se hacían los machos alfa.

— Vámonos al hotel —susurró Paz al oído de un Oliver devastado—. Pero que sepas, Thorne, que me debes un diseño de anillo que compense esta humillación estadística.




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