Diseñando el Desastres

El Balance de las Vacaciones

Al día siguiente, desayunando en la terraza, el grupo lucía exhausto pero extrañamente unido. Bianca estaba de regreso en una celda francesa, y las cuentas de Selene Global estaban seguras gracias a Luka.

—¿Saben? —dijo Mía, acariciando a una Missiu que saboreaba una gota de caviar—. Estas vacaciones han sido un desastre absoluto. Celos, robos, hackeos y condes babosos.

—Pero admitamos algo —añadió Paz, mirando a Oliver—: ver a Thorne hackear un banco en bañador ha sido la experiencia más erótica de mi vida jurídica.

Oliver se sonrojó, pero no apartó la mirada. —Y ver a Paz proteger un firewall con esa agresividad... me ha hecho reconsiderar nuestra política de recursos humanos.

Julián tomó la mano de Mía. —Quizás la boda deba esperar un poco más, Mía. Si este es el nivel de acción de nuestras vacaciones, me da miedo lo que pueda pasar en una luna de miel.

—Oh, Sterling —rio Mía—, la luna de miel será en un búnker. Pero por ahora... ¿qué tal si vamos a esa playa nudista que vio Paz? Solo para ver la cara que pone Oliver.

La idea de Mía de ir a una "playa privada y tranquila" resultó ser, gracias a un error de traducción de Paz, la playa nudista más famosa de la zona.

—¡Valente, esto es una violación a mi decoro profesional! —exclamó Oliver, intentando cubrirse con un maletín de cuero que milagrosamente no había dejado en el hotel—. Si un cliente me ve así, mi credibilidad caerá más rápido que las acciones de una empresa en quiebra.

—¡Relájate, Ollie! —rio Paz, que ya se sentía como en casa—. Mira a Julián, está usando un sombrero de paja para ocultar... bueno, su dignidad arquitectónica.

Sin embargo, el desastre ocurrió cuando un clic metálico resonó tras una roca. Un paparazzi había capturado la imagen: el prestigioso abogado Oliver Thorne y el heredero Julián Sterling en una situación "totalmente transparente".

—¡El dron, Mía! ¡Usa a Missiu! —gritó Julián.

Missiu Leguau, que era la única que llevaba un accesorio (un mini pañuelo de seda), saltó sobre el fotógrafo con una agilidad felina digna de un comando de élite. Mientras el hombre intentaba quitarse a la gata de la cara, Mía tomó la tarjeta de memoria de la cámara.

—Diseño de imagen, querido —dijo Mía, guiñándole un ojo al fotógrafo mientras Oliver recuperaba sus pantalones a toda velocidad—. Nadie publica una foto de mi prometido sin mi permiso de edición.




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