Diseñando el Desastres

El Enfrentamiento de Juliette

Mientras los jóvenes arriesgaban la vida en los Alpes, en la mansión, la abuela decidió que era hora de enfrentar sus propios demonios. Leo la encontró en la biblioteca, moviendo una estantería secreta que revelaba una escalera de caracol hacia el subsuelo.

—Abuela, ¿qué estás haciendo? —preguntó Leo, preocupado.

—Lo que debí hacer hace treinta años, Leo —respondió Juliette con una firmeza que asustó a su nieto—. Luna y yo juramos que estos secretos morirían con nosotras. Pero si el enemigo ya sabe que están aquí, prefiero quemar los cimientos de Selene Global antes de que usen el trabajo de nuestras vidas para destruir Ginebra.

Juliette sacó un detonador antiguo. —Llama a tus hermanos. Diles que si no regresan en dos horas con los códigos de cancelación, este imperio se convertirá en cenizas. No habrá expansión ni legado. Solo justicia.

En el club alpino, la alarma silenciosa de Ethan se disparó en los auriculares de las chicas. —Mía, Paz, aborten. El administrador se ha dado cuenta de que su tarjeta fue clonada. ¡Salgan por el conducto de ventilación del nivel 4 ahora! —ordenó Ethan desde la furgoneta.

Mía y Paz no esperaron. Se deshicieron de sus tacones de diseñador, sacaron unas botas de nieve plegables de sus bolsos (otro invento de Ethan) y saltaron por el balcón hacia la pista de esquí privada del club.

—¡Ahí están! —gritó Julián por la radio, viendo por los binoculares cómo dos motos de nieve negras salían tras ellas—. ¡Oliver, arranca el motor! ¡Si les pasa algo, juro que demuelo esta montaña!

—¡Estoy en ello, Sterling! —respondió Oliver, haciendo rugir el motor del todoterreno—. ¡Pero técnicamente, si embisto a esos hombres, estaré actuando en defensa propia de terceros! ¡Písale!

Mía y Paz se lanzaron ladera abajo. Mía, con una agilidad sorprendente, esquivaba los disparos de los mercenarios mientras Paz intentaba devolver el fuego con una pistola de impulsos electromagnéticos que dejó fuera de combate a una de las motos enemigas. Justo cuando iban a ser acorraladas, el todoterreno de Oliver saltó sobre un montículo de nieve, interponiéndose entre las chicas y los perseguidores.

—¡Suban! —rugió Julián, abriendo la puerta trasera en marcha mientras Oliver derrapaba sobre el hielo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.