De vuelta en la mansión, Juliette tomó una decisión radical. —¡Basta de dramas! —sentenció la abuela, golpeando el suelo con su bastón—. Ethan, guarda esa tablet en la caja fuerte. Oliver, deja de redactar demandas en tu cabeza. Julián, deja de buscar cámaras ocultas en el techo. Nos vamos a la casa de campo de la familia en la Toscana. Sin tecnología, sin espías y sin ministros.
—¿A la Toscana? —preguntó Paz, iluminándose—. ¿Vino, pasta y hombres en Vespa que no intentan matarnos? ¡Cuenten conmigo!
—Solo hay una condición —dijo Leo, mirando a sus hermanos—. Es un viaje de "regreso a lo básico". Vamos a cocinar nuestra propia comida, a montar a caballo y a intentar no pelearnos por quién tiene el mejor coeficiente intelectual.
Tres días después, la familia estaba instalada en una villa rústica rodeada de viñedos. Sin embargo, "regresar a lo básico" era más difícil de lo que pensaban. Julián y Oliver decidieron que ellos se encargarían de la cena de bienvenida: una lasaña auténtica.
—Oliver, la proporción de la salsa es como la arquitectura: si el cimiento está aguado, la estructura colapsa —decía Julián, cubierto de harina hasta las cejas.
—Sterling, cocinar es un contrato —replicaba Oliver, midiendo el orégano con una balanza de precisión legal—. Si alteras la cantidad de queso, el resultado es nulo y sin efecto.
Mía y Paz los observaban desde la terraza, bebiendo vino y disfrutando del espectáculo de ver a dos de los hombres más exitosos de Suiza pelearse con una masa de pasta que se negaba a estirarse.
—¿Crees que debamos decirles que la lasaña lleva tres pisos y no seis como quiere Julián para que sea "monumental"? —preguntó Paz.
—No —sonrió Mía—. Deja que el "arquitecto" y el "abogado" negocien con el horno. Es más divertido que cualquier película de espías.
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Editado: 02.04.2026