La paz duró poco. Durante un paseo por el mercado local de un pueblo cercano, un apuesto viticultor llamado Marco decidió que Mía era la encarnación de una musa de Botticelli.
—Signorina — me presento, mi nombre es Marco, entregándole a Mía un racimo de uvas con una mirada que derretiría el mármol—, su belleza es el único plano que mi corazón desea seguir.
Julián, que llevaba tres bolsas de pan y un queso gigante, se interpuso de inmediato. —Escucha, Marco... o como te llames. Esta musa ya tiene un contrato de exclusividad y el arquitecto jefe es bastante territorial. ¿Por qué no vas a recitarle poesía a tus uvas?
—¡Julián! —rio Mía—. Solo me está dando uvas.
—¡Es el lenguaje corporal, Mía! ¡Ese movimiento de ceja es un insulto a mi compromiso! —exclamó Julián, mientras Oliver asentía con solidaridad masculina desde atrás.
—Tiene razón, Sterling —dijo Oliver—. Ese sujeto ha invadido tu espacio soberano. Si quieres, puedo redactar una orden de restricción en italiano básico.
Mientras tanto, Ethan estaba sentado en un banco de piedra, intentando disfrutar del paisaje sin pensar en algoritmos. Paz se acercó a él con una sonrisa traviesa.
—Ethan, estás muy solo —dijo Paz—. He invitado a la cena a la hija de un amigo de Juliette. Se llama Sofía, es arqueóloga, odia la tecnología y cree que los abogados son "personas con demasiado tiempo libre". Es perfecta para bajarte los humos.
Ethan levantó una ceja. —¿Una arqueóloga? ¿Alguien que desentierra el pasado mientras yo intento proteger el futuro? Paz, tu sentido del emparejamiento es tan caótico como tu forma de conducir.
—Oh, ya verás —rio Paz—. Ella no sabe quién eres, y he dicho que eres un "bibliotecario aburrido" para que no se asuste.
Ethan suspiró, mirando hacia el horizonte. —Un bibliotecario. Genial. Pasé de ser el hombre más buscado por el Sindicato a ser un tipo que ordena libros por orden alfabético.
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Editado: 02.04.2026