Diseñando el Desastres

El Ataque de Celos (Versión Artista)

De regreso a la villa, el silencio de Mía era más aterrador que cualquier alarma de seguridad de Leo.

—Mía, ¿estás bien? —preguntó Julián mientras entraban en su habitación.

—Estoy perfecta, Sterling. Ve a explorar "curvas orgánicas" con Alessandra si quieres. Total, yo solo soy la artista que hace "dibujitos", ¿no? Ella restaura palacios, yo solo restauro tu paciencia.

—¡Mía, eso es absurdo! —Julián se puso frente a ella—. Ella no me interesa. Pero admito que... me halagó que alguien con su prestigio conociera mi trabajo.

—¿Te halagó? —Mía se acercó a él, señalándolo con el dedo—. Te estaba desnudando con la mirada frente a toda la familia, ¡incluidos los trillizos! Si vuelves a dejar que te toque el brazo así, juro que rediseño tu cara con mis pinceles.

Julián vio la vulnerabilidad detrás de la rabia de Mía y supo que las palabras ya no servían. Se acercó lentamente, acorralándola contra la pared de piedra de la habitación, que aún guardaba el calor del sol.

—¿Sabes qué es lo único que quiero explorar, Mía? —susurró Julián, su voz volviéndose profunda y ronca—. No son planos italianos ni curvas de mármol.

Le quitó la copa de la mano y la dejó en la mesa sin apartar la vista de sus ojos. Sus manos bajaron a la cintura de Mía, atrayéndola con fuerza hacia él. Mía intentó mantener la expresión de enfado, pero su respiración empezó a fallar.

—Eres la única mujer que tiene el plano de mi vida —continuó Julián, rozando sus labios con los de ella—. Y si tienes celos, es porque no tienes ni idea de lo loco que me vuelves cada vez que me miras así.

El beso comenzó con fuego y urgencia, una mezcla de perdón y deseo contenido. Julián la cargó, haciendo que ella envolviera su cintura con las piernas, y la llevó hacia la cama con dosel. El aire fresco de la noche entraba por el balcón, pero dentro de la habitación la temperatura subía rápidamente.

Fue una noche donde los planos, los contratos y los problemas del mundo desaparecieron. Solo quedaron ellos dos, redescubriéndose entre sábanas de hilo y susurros agitados, sellando su amor con una intensidad que dejó claro que, por muchas "Alessandras" que aparecieran, el corazón de Julián Sterling tenía una sola dueña.




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