Diseñando el Desastres

La Inocencia contra el Abogado

Ethan se acercó a la mesa de bebidas, donde Alice intentaba servirse un zumo con dificultad.

—Permíteme —dijo Ethan, tomando la jarra con elegancia.

—G-gracias... Sr. Ferrer —murmuró Alice, bajando la mirada. Sus mejillas se tiñeron de un rosa suave que Ethan encontró extrañamente fascinante.

—Solo Ethan. Y no hace falta que me tengas miedo, no muerdo... al menos no fuera de los tribunales —dijo él, intentando sonar amable, aunque su tono seguía siendo algo frío.

—Oliver dice que eres muy inteligente —dijo ella, alzando la vista. Sus ojos eran claros y brillaban con una honestidad que desarmó a Ethan. —Yo solo dibujo flores y duendes. Mi mundo es más... sencillo.

Ethan pensó en Clara, en las mentiras y en la ambición. Miró a Alice y, por primera vez en años, bajó la guardia. —A veces, un mundo sencillo es exactamente lo que hace falta para no volverse loco. ¿Te gustaría sentarte un momento? Lejos del ruido del baile de "arquitectos torpes".

Alice asintió con una sonrisa tímida, y Ethan, el hombre que desmantelaba empresas por desayuno, pasó el resto de la noche escuchando cómo se ilustra el ala de un hada, sintiendo que algo en su pecho, que creía muerto, empezaba a descongelarse.

Al final de la noche, Julián y Mía se escaparon a un rincón del jardín, bajo un arco de rosas.

—Bueno, prometido —dijo Mía, rodeando su cuello—. Sobreviviste al baile, al ataque de celos y al compromiso oficial. ¿Qué sigue?

—Sigue que no puedo esperar para que seas la Sra. Sterling —respondió Julián, besándola con ternura—. Pero antes... prometamos que en la boda real, yo no bailaré.

—Ni hablar —rio Mía—. Vas a bailar hasta que te salgan ampollas. Es el precio por tener a esta artista a tu lado.




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