Diseñando el Desastres

El Té con la Abuela (Terapia de Choque)

Juliette no perdió el tiempo e invitó a Alice a la mansión. Ethan insistió en estar presente, temiendo que su abuela sacara los álbumes de fotos prohibidos.

—Alice, querida —dijo Juliette, sirviendo el té en tazas de porcelana fina—, Ethan siempre fue un niño muy ordenado. A los cinco años, ya organizaba sus peluches por orden jerárquico y les hacía firmar contratos de confidencialidad para que no dijeran dónde escondía los dulces.

—¡Abuela, eso es una exageración! —protestó Ethan, rojo de vergüenza.

—¿Y es verdad que dormía con un pijama de seda que tenía grabada la palabra "Litis"? —preguntó Alice, con los ojos brillando de diversión.

—¡Y una vez intentó demandar al Ratoncito Pérez porque el pago por su diente no se ajustaba a la inflación! —añadió Mía, entrando al salón con Julián.

Ethan se tapó la cara con las manos. —Julián, sácame de aquí. Prefiero volver al búnker de los Alpes.

Después de las risas a costa de Ethan, Mía y Julián se retiraron a su rincón favorito: la terraza privada del ático de la expansión, que Julián había terminado de decorar solo para ellos.

—Por fin solos —susurró Julián, abrazando a Mía por la cintura mientras miraban las luces de Ginebra—. Entre los bebés de Leo, los romances de Ethan y las locuras de Oliver, apenas tenemos tiempo para nosotros.

—Lo sé, Sterling —respondió Mía, apoyando la cabeza en su hombro

Julián la giró para que quedara frente a él. La luz de la luna resaltaba los rasgos de Mía, y el silencio de la noche era el contraste perfecto para el caos del día.

—Mía, he estado pensando... —dijo Julián, bajando la voz—. La fiesta de compromiso en la Toscana fue hermosa, pero quiero que nuestra boda sea algo que nadie pueda olvidar. Algo que no sea un contrato ni una expansión de Selene Global. Solo tú, yo y quizás una isla privada donde no lleguen los gritos de los trillizos.

Mía sonrió, pasando sus dedos por el cabello de Julián. —Me gusta cómo suena eso, arquitecto. Pero sabes que Juliette nunca nos perdonará si no invitamos a toda la ciudad.

—Entonces —dijo Julián, acercándose para besarla—, tendremos que aprovechar cada minuto de soledad que tengamos antes de que el mundo vuelva a entrar por esa puerta.

El beso fue largo y cargado de la promesa de un futuro juntos, lejos de las intrigas y los planes. Por un momento, en el corazón de Selene Global, solo existían ellos dos.




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