Diseñando el Desastres

El Pabellón de la Discordia

Julián estaba en su estudio, rodeado de maquetas de cristal para el pabellón de la boda. Quería algo que desafiara la gravedad, una estructura que pareciera flotar sobre el lago Lemán.

—Es demasiado rígido, Sterling —dijo Mía, entrando con un pincel en la mano—. Necesita fluidez. Quiero que las paredes se muevan con el viento, como si el edificio respirara.

—¡Mía, el cristal no respira! Si las paredes se mueven, los invitados se marean y la abuela Juliette termina en el hospital —replicaba Julián, aunque con una sonrisa—. Necesito estabilidad estructural.

Justo en ese momento, la puerta del estudio se abrió sin previo aviso. Una mujer de una elegancia agresiva, vestida con un traje sastre gris grafito y tacones que sonaban como disparos, entró en la sala.

—La estabilidad estructural siempre fue tu debilidad, Julián. Por eso siempre necesitabas que yo calculara tus ángulos —dijo la mujer, quitándose las gafas de sol.

Julián se quedó petrificado. —¿Camila?

Camila Vanzetti no era cualquier exnovia. Habían estudiado juntos en la Politécnica de Milán y habían sido la "pareja de oro" de la arquitectura hasta que Julián se dio cuenta de que Camila valoraba más el acero que los sentimientos.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Julián, recuperando el habla.

—He sido contratada por el consejo de la ciudad para supervisar que tu "capricho matrimonial" cumpla con las normas de seguridad pública —dijo Camila, ignorando a Mía por completo mientras caminaba hacia la maqueta—. Y por lo que veo, sigues siendo un soñador ingenuo. Este pabellón se vendría abajo con la primera ráfaga de viento.

Mía dio un paso al frente, sintiendo que la temperatura de la habitación subía diez grados. —Y tú debes de ser la ex que Julián mencionó... espera, no, miento. Nunca te mencionó. Soy Mía Ferrer, la prometida de Julián y la dueña de la mitad de este imperio.

Camila finalmente miró a Mía, recorriéndola de arriba abajo con un desprecio clínico. —Ah, la artista. He oído hablar de ti. Pinturas coloridas y emociones desbordadas. Una distracción interesante para un hombre como Julián, supongo. Pero para construir algo que dure, se necesita cerebro, no solo... pinceles.




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