Diseñando el Desastres

El Misterio de la Maqueta Destrozada

Al día siguiente, el taller de Mía amaneció como una zona de desastre. La maqueta central del pabellón, esa joya de cristal y seda que Julián y ella habían perfeccionado, estaba hecha añicos en el suelo.

—¡Mi pabellón! —gritó Mía, con lágrimas de pura rabia en los ojos—. ¡Esto ha sido ella! ¡Camila entró anoche!

Julián abrazó a Mía, mirando los restos con el corazón roto. —No hay rastro de entrada forzada, Mía. El sistema de seguridad de Leo no registró a nadie externo.

Sin embargo, Luka entró al taller con su tablet y una expresión de detective privado. —Tíos, he revisado las cámaras del corredor B. Camila no entró al taller —dijo el niño, haciendo una pausa dramática—. Pero miren esto.

En el video se veía a la gata, Missiu Leguau, persiguiendo una polilla gigante a las tres de la mañana. La gata había saltado sobre la maqueta, pero justo antes de que cayera, se veía una sombra humana en la esquina de la imagen activando un puntero láser para guiar a la gata hacia el cristal.

—¡Usó a la gata! —exclamó Julián—. Camila no tocó la maqueta, obligó a la gata a destruirla para que pareciera un accidente doméstico. Es una genia del mal.

Para devolver el golpe, Camila movió sus influencias en el Consejo y asignó a un "consultor estético" para que ayudara a Mía con el rediseño de la maqueta. El consultor resultó ser Sebastian Moretti, un modelo reconvertido en crítico de arte, con una mandíbula perfecta y un acento italiano que hacía que las secretarias de Selene Global olvidaran cómo mecanografiar.

—Mía, cara —decía Sebastian, inclinándose sobre el hombro de Mía mientras ella pintaba—. Tu trazo tiene una sensualidad que solo un espíritu libre puede entender. Julián es muy... rígido, ¿no crees? Necesitas a alguien que entienda el caos de tu alma.

Julián, que observaba desde su despacho acristalado, sentía que la sangre le hervía. Intentó concentrarse en sus cálculos, pero ver a Sebastian tocando los pinceles de Mía era superior a sus fuerzas.

—¡Ethan! —gritó Julián, entrando en el despacho de su cuñado—. Necesito que despidas a ese tipo. Es un peligro para la... seguridad visual del estudio.

Ethan, que estaba dictando un contrato a una Alice que dibujaba flores en su bloc de notas, levantó la vista con una sonrisa cínica. —Julián, Sebastian Moretti tiene un contrato blindado por el Consejo. No puedo despedirlo solo porque tiene mejores abdominales que tus vigas de carga.

—¡No es por eso! —rugió Julián—. ¡Es porque está distrayendo a mi prometida!

—¿Celoso, arquitecto? —rio Alice con su vocecita dulce—. Mía nunca cambiaría un diamante como tú por una imitación barata como Sebastian. Pero admite que es divertido verte perder los estribos por una vez.




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