Esa noche, Mía, Julián, Ethan, Alice, Paz y Oliver se reunieron en secreto. La tiranía de Camila y su consultor de pasarela tenía que terminar.
—Camila cree que somos piezas de ajedrez —dijo Mía, con una mirada decidida—. Pero se olvida de que este tablero es nuestro. Ethan, necesito que busques cualquier irregularidad en los contratos de Camila en Milán. Oliver, prepara una cláusula de rescisión por "comportamiento poco ético". Y yo... yo me voy a encargar de Sebastián.
—¿Qué vas a hacer con Sebastian? —preguntó Julián, entrecerrando los ojos.
—Voy a pedirle que sea el modelo principal para un mural gigante en la fachada —dijo Mía con una sonrisa malvada—. Uno donde tenga que estar quieto durante ocho horas al día bajo el sol, cubierto de purpurina dorada. Vamos a ver cuánto dura su "sensualidad" cuando los trillizos de Leo empiecen a usarlo como lienzo de prácticas.
Julián sonrió por primera vez en días. —Me gusta cómo piensas, futura Sra. Sterling.
Mía convenció a Sebastian de que su belleza era "demasiado grande para el papel" y que Selene Global necesitaba una escultura viviente en la entrada principal para la fase de preventa. El plan: Sebastian debía posar en un pedestal, cubierto de pintura dorada y purpurina, representando al "Arquitecto del Destino".
—Es divino, Mía. Captas mi esencia —decía Sebastian, posando con el torso desnudo y bañado en oro, mientras una multitud de secretarias y transeúntes se agolpaba en la acera, bloqueando el tráfico de Ginebra.
Lo que Sebastián no sabía era que Mía había invitado a Valeria y los trillizos a "pasar la tarde" justo al lado de su pedestal.
—¡Mira, Mateo, un muñeco de oro! —gritó Valeria.
En menos de diez minutos, los trillizos (que estaban en su fase más exploratoria) empezaron a gatear alrededor de Sebastian. Alessandro decidió que la pierna dorada de Sebastian era el lugar perfecto para dejar su galleta masticada, mientras la pequeña Sofía intentaba usar el dedo gordo del pie del modelo como mordedor.
—Eh... Mía... ¿podemos mover a los bambinos? —susurró Sebastian, tratando de no perder la pose mientras Mateo intentaba trepar por sus pantalones de seda.
—¡No te muevas, Sebastian! ¡La inocencia de los niños contrastando con tu vanidad... digo, con tu gloria, es el alma de la obra! —gritaba Mía desde lejos, mientras Julián grababa todo con su teléfono, muerto de la risa detrás de una columna.
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Editado: 22.04.2026