A las seis de la mañana, un grito de victoria (o de desesperación) resonó en los jardines de la mansión. Oliver, con sus guantes de látex y una linterna de minero, había encontrado el tesoro.
—¡Los tengo! —exclamó, alzando una pequeña bolsa transparente—. ¡Tengo los cuatro anillos!
El problema era el estado de las joyas. El titanio de la caja no había sobrevivido intacto al sistema digestivo del San Bernardo, y las alianzas de oro blanco y diamantes necesitaban un milagro. Julián, con su precisión de arquitecto, y Leo, con un kit de limpieza de armas de alta precisión, se encerraron en el taller de Mía.
—Leo, más presión con el ultrasonido —instaba Julián—. ¡Ese diamante tiene que brillar más que el ego de Vanderbilt!
—Hago lo que puedo, Sterling —respondió Leo, usando una lupa de joyero—. He desarmado bombas más fáciles que esta limpieza.
A las nueve de la mañana, los anillos estaban sobre un cojín de terciopelo nuevo, oliendo sospechosamente a menta y lavanda, listos para ser colocados en los dedos de las novias.
En la penumbra de la cocina secundaria, Camila Vanzetti no estaba jugando con tintes. Sabía que para destruir a los Ferrer necesitaba algo que golpeara su mayor activo: su reputación de perfección.
Había conseguido un potente alucinógeno sintético de liberación lenta, inodoro e incoloro. Su plan no era matar a nadie, sino provocar un brote psicótico colectivo durante el brindis principal. Quería que los medios de comunicación grabaran a los herederos de Selene Global perdiendo el control, agrediéndose entre ellos o desnudando sus secretos más oscuros frente a los inversores internacionales.
—Si no puedo tener el éxito de Julián, destruiré su cordura —susurró Camila, vertiendo el compuesto en las botellas de champagne de la "Mesa de Honor".
Sin embargo, Missiu Leguau no era una gata común. Sus sentidos estaban alerta ante cualquier químico extraño. La siamesa se erizó al detectar el olor sintético que emanaba de la mesa de Camila. Con un maullido de advertencia que sonó como un grito de guerra, Missiu saltó sobre el estante de las especias.
En lugar de pimienta, la gata empujó un pesado mortero de piedra directamente sobre el brazo de Camila justo cuando servía la última copa. El frasco del alucinógeno cayó al suelo, rompiéndose y salpicando las piernas de la intrusa.
—¡Ah! —gritó Camila, retrocediendo.
En ese momento, la piel de Camila empezó a absorber el químico concentrado. Antes de que pudiera reaccionar, Damián Ferrer entró en la cocina seguido de Leo.
—¿Qué significa este estruendo? —preguntó Damián, su voz gélida cortando el aire.
Camila intentó hablar, pero sus pupilas se dilataron al instante. Empezó a ver las paredes de la cocina como si fueran serpientes de cristal. Señaló a Damián con terror.
—¡Tú! ¡Tú eres el arquitecto del infierno! —Chilló Camila, empezando a arrancar las flores de las mesas y lanzándolas al aire mientras reía histéricamente.
Leo no perdió un segundo. Identificó el frasco roto y el comportamiento errático. —¡Padre, no toque nada! Es contaminación química.
Leo la inmovilizó con una técnica profesional mientras pedía una ambulancia psiquiátrica por radio. Camila fue sacada de la mansión en una camisa de fuerza, gritando incoherencias sobre planos sangrientos, mientras la prensa grababa la escena. Los Ferrer habían vuelto a salvarse, pero el peligro había estado a milímetros de sus copas.
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Editado: 22.04.2026