En el altar, bajo el sol que atravesaba el pabellón de cristal, Julián no estaba tenso; estaba radiante. Mientras esperaba a Mía, le guiñó un ojo a un par de invitadas de la primera fila (viejas conocidas de sus noches de soltero) solo para dejarles claro que el "rey de la fiesta" acababa de encontrar a su reina definitiva.
Cuando Mía llegó al altar, Julián no pudo evitar soltar un silbido de admiración, rompiendo todo el protocolo suizo ante la mirada divertida de Damián.
—Mía, cariño —dijo Julián, tomándole las manos con esa sonrisa ladeada que tanto la volvía loca—, he pasado años diseñando estructuras para otros, pero tú eres la única que logró que yo quisiera quedarme encerrado en una. Prometo que la vida con este ex-mujeriego nunca será aburrida. Tendrás color, aventuras y, sobre todo, a un hombre que sabe exactamente lo que tiene porque ya lo probó todo y decidió que solo te quiere a ti.
Mía soltó una carcajada, sabiendo que su esposo era el equilibrio perfecto entre el genio y el pícaro.
Por otro lado, Oliver intentaba mantener la compostura mientras Paz le susurraba al oído ideas poco decorosas sobre lo que harían en la luna de miel. —Oliver, olvida el código civil por diez minutos —le dijo ella mientras le ponía el anillo—, hoy la única ley que importa es la de la gravedad... y cómo pienso desafiarla contigo.
Durante el banquete, con el peligro de Camila ya neutralizado (quien seguía gritando que las paredes le hablaban en la ambulancia), el ambiente se relajó. Ethan, influenciado por la alegría desmedida de su hermano Julián y el desparpajo de su hermana Paz, decidió que era hora de actuar.
—Alice —dijo Ethan, acercándose a ella mientras la orquesta tocaba un jazz suave—. Sé que no soy tan divertido como Julián, ni tan... intenso como Leo. Pero tengo un contrato de propiedad a tu nombre para un estudio nuevo y una pregunta que no requiere un sello notarial: ¿me dejas ser el hombre que cuide tus pinceles para siempre?
Alice no pudo responder con palabras, solo con un beso que hizo que hasta la gata Missiu Leguau parpadeara con aprobación desde su pedestal.
Pero, como en todo evento de los Ferrer, el clímax llegó con el factor animal. Napoleón, el San Bernardo, había estado observando la torre de mariscos y la fuente de chocolate con una intensidad casi religiosa. Aprovechando que todos miraban el brindis de Ethan, el perro dio un salto monumental.
El impacto fue épico. Napoleón no solo derribó la mesa de los langostinos, sino que su cola —del tamaño de un bate de béisbol— golpeó la palanca de emergencia del sistema de riego contra incendios que Luka había estado "mejorando" esa mañana.
—¡Luka! —gritó Leo, mientras una lluvia fina empezaba a caer sobre los invitados vestidos de seda y alta costura.
—¡Es un efecto de lluvia tropical para refrescar la fiesta, papá! —Se defendió el niño, tecleando furiosamente en su tablet.
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Editado: 22.04.2026