Diseñando el Desastres

La Fuga de la Matriarca Siamesa

En medio de las discusiones sobre el futuro compromiso de los bebés, Missiu Leguau decidió que ya había tenido suficiente de hormonas y gritos humanos. La gata siamesa, sintiéndose desplazada por la atención que recibían las "panzas" de las novias, decidió darles una lección de humildad.

Abrió el pestillo de la ventana del salón (gracias a una técnica que le enseñó Luka sin querer) y se escapó hacia los tejados de Ginebra.

—¿Dónde está Missiu? —preguntó Juliette a la hora del té—. ¡Su plato de salmón está intacto!

El pánico se apoderó de la mansión. Si algo le pasaba a la gata, la suerte de Selene Global caería (o eso creía la abuela). Toda la familia, incluyendo a las dos embarazadas, Oliver con un megáfono y Julián con una linterna, salieron a las calles de la ciudad.

—¡Missiu! ¡Si vuelves, te prometo que mi hija no te usará como muñeca de trapo! —gritaba Julián desesperado.

Encontraron a la gata dos horas después, sentada majestuosamente en la cabeza de una estatua en el centro de la plaza principal, rodeada de un grupo de gatos callejeros que parecían estar escuchando sus órdenes.

—Mírala —susurró Ethan—. No se ha escapado. Está expandiendo su imperio.

Eran las dos de la mañana cuando Mía y Paz se sentaron en la cocina, mirándose con una determinación aterradora.

—Necesito tarta de queso de la pastelería L’Etoile —sentenció Mía—. Pero no la normal. La que tiene frutos rojos recolectados a mano y base de galleta de mantequilla salada. —Y yo necesito los tacos de aquel puesto de carretera que vimos en el pueblo de montaña —añadió Paz, apretando el puño—. Ahora mismo, o alguien va a salir herido.

Julián y Oliver fueron despertados a base de almohadazos. Bajo una tormenta que parecía el fin del mundo, los dos esposos se subieron al coche deportivo de Julián. Pero al arrancar, el coche se sintió pesado. En el asiento de atrás, Napoleón, el San Bernardo, estaba cómodamente sentado, babeando sobre el cuero.

—¡Bájate, perro! ¡No hay espacio! —gritó Oliver. Napoleón respondió con un ladrido profundo y se acomodó más.

El viaje fue un desastre: Julián conducía a 140 km/h mientras Oliver intentaba que el perro no le lamiera la nuca. Cuando finalmente consiguieron la tarta y los tacos, Napoleón aprovechó un frenazo para comerse la mitad del pedido de Mía. —¡Estamos muertos! —sollozó Julián—. ¡Me va a matar! ¡Mi hija nacerá sin padre porque un San Bernardo tiene hambre!




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