Diseñando el Desastres

La Identidad de la Nueva Generación

Luna miró a los cuatro y rectificó de inmediato al ver la cara de "objeción" de Oliver:

—Me corrijo. Estos niños van a ser la nueva era de esta casa. Algunos serán Ferrer-Sterling y otros serán Thorne, pero todos compartirán este ADN de locura que hemos construido. En esta mansión no importa el apellido, importa que el caos es nuestra lengua materna.

Oliver asintió, más tranquilo. —Exacto. Mi hijo será un Thorne. Un pilar de la ley en medio de este... —miró a Julián— "pintoresco" entorno artístico.

Hartas de que ellos solo discutieran por el picante y los planos, Mía y Paz organizaron el "Baby Shower Invertido". No habría pasteles de pañales ni juegos de adivinar el tamaño de la panza.

—Bienvenidos al área de pruebas —anunció Paz, vestida con su chaqueta de cuero—. Regla número uno: Tienen que armar este carrito de bebé de doble eje mientras Leo les lanza globos de agua desde el balcón para simular "condiciones climáticas adversas".

Julián intentaba encajar una rueda mientras el agua le empapaba el pelo. —¡Esto no es ergonómico! ¡El manual está en sueco!

—¡Esfuerzo, Sterling! —gritaba Leo, lanzando un globo con precisión militar—. ¡Un bebé no espera a que salga el sol para necesitar un paseo!

Oliver intentaba proteger las instrucciones con un paraguas mientras gritaba: —¡Esto es una violación de la convención de Ginebra sobre el trato a futuros padres!

Terminaron los dos enredados en cables de freno y empapados, mientras Luka calificaba su desempeño con un rotundo "D-".

Julián, obsesionado con que su hija naciera con el oído de una soprano, contrató a Vincenzo, un tenor italiano de renombre, para que le cantara Arias al vientre de Mía.

El problema es que Vincenzo tenía una alergia mortal a los animales. En cuanto entró al salón, sus ojos empezaron a hincharse.

¡Oh, bella principessa! —empezó a cantar Vincenzo, pero justo cuando llegaba a la nota más alta, Napoleón decidió que él también quería hacer un dúo. El San Bernardo soltó un aullido profundo y se sacudió, soltando una nube de pelo blanco directamente hacia el tenor.

Vincenzo soltó un estornudo tan potente que se cayó hacia atrás sobre el piano. —¡Un monstro! ¡Hay un monstro peludo en la sala! —gritó, saliendo disparado de la mansión mientras se cubría la cara.

—Bueno —dijo Mía, acariciando su panza—, parece que a la niña le gusta más el rock que la ópera, Julián. Ha dado una patada justo cuando el tenor salió corriendo.

El deseo de las futuras madres escaló a nivel geopolítico. Mía y Paz decidieron que solo podían saciar su hambre con el Mangostán de Oro, una fruta exótica que solo se encontraba en una región específica y cuyo transporte debía ser inmediato para no perder sus propiedades.

Julián y Oliver terminaron alquilando un barco de carga privada en el puerto de Ginebra. El problema fue el capitán: Romulo "El Rudo", un antiguo cliente de Oliver al que este no pudo librar de una multa por "estacionamiento indebido de yate de lujo" hace años.

—¿Así que quieres mangostanes, Thorne? —dijo el capitán, cruzándose de brazos—. El mar está picado y mi memoria sobre tu factura de honorarios sigue muy fresca.

Julián tuvo que usar todo su encanto de Sterling para convencer al capitán, ofreciéndole rediseñar el camarote principal del barco con acabados de mármol. Al final, regresaron con la fruta, pero con Julián mareado por el oleaje y Oliver teniendo que firmar un contrato de "asesoría legal gratuita de por vida" para el capitán.




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