Diseñando el Desastres

Yoga, Nudos y Contratos

Luna no aceptó un "no" por respuesta. Llevó a las dos parejas al jardín zen para una sesión de yoga prenatal en pareja.

—Julián, tú eres el soporte de Mía —decía Luna—. Oliver, tú eres el pilar de Paz.

El desastre fue mecánico. Julián, intentando demostrar que era tan flexible como sus diseños vanguardistas, intentó una torsión de columna para ayudar a Mía y... ¡Crak!. Se quedó bloqueado en una posición que parecía una silla de diseño moderno, pero humana.

—¡No me muevan! —gritaba Julián—. ¡Me he convertido en una estructura rígida!

Oliver, por su parte, intentó una postura de equilibrio con Paz, pero su mente cuadriculada no dejaba de analizar la distribución de pesos. —Paz, si desplazas el centro de gravedad 15 grados a la izquierda, la ley de la física dice que... ¡Agh! —Oliver terminó con la pierna de Paz enredada en su cuello.

Tuvieron que llamar a Leo para que, con sus conocimientos de primeros auxilios, lograra desenredar a los dos padres mientras las chicas se reían haciendo estiramientos perfectamente coordinados.

La mansión recibió a una partera experta para enseñarles el curso de preparación al parto. El salón se llenó de pelotas de pilates, cojines y una atmósfera de "calma" que duró cinco minutos.

—Muy bien —dijo la instructora—, ahora los padres deben ayudar a las madres con la respiración rítmica. Inhalen... Exhalen...

Oliver sacó un cronómetro profesional. —Paz, estás exhalando a un ritmo de 0.8 segundos. Según los estudios clínicos, deberías hacerlo a 1.2 para optimizar la oxigenación del heredero. ¡Repite el ciclo!

—¡Oliver, si vuelves a ponerme ese reloj en la cara, te lo vas a tener que tragar! —gruñó Paz, cuya paciencia estaba bajo mínimos.

Mientras tanto, Julián estaba sufriendo un ataque de empatía. Cada vez que Mía simulaba una contracción, Julián empezaba a jadear más fuerte que ella.

—¡Julián, la que va a parir soy yo! —le gritó Mía—. ¡Deja de hiperventilar! ¡Te vas a desmayar antes de que lleguemos al hospital!

—¡Es que siento tu dolor, Mía! —sollozaba Julián, secándose el sudor—. ¡Es una conexión artística y biológica! ¡Siento que mis cimientos se agrietan!

Al final de la clase, la instructora le sugirió a Julián que se tomara un té de tilo y a Oliver que guardara el cronómetro en una caja fuerte. Missiu Leguau, sentada sobre una pelota de pilates, los miraba con un juicio silencioso que decía claramente: "Estos humanos no durarían ni un día en la naturaleza".




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