La cena para elegir a los padrinos se convirtió en una cumbre diplomática de alto riesgo. Julián llegó con su propuesta: Jean-Pierre, un vanguardista escultor parisino que vivía en un faro y solo vestía de lino.
—Mi hija necesita a alguien que le enseñe a ver el alma de los edificios, no a alguien que le lea códigos civiles —sentenció Julián.
Oliver, por su parte, trajo a Sir Archibald, un juez de la Corte Suprema con una peluca tan blanca que deslumbraba y un monóculo real. —Mi hijo necesita un padrino que sepa qué hacer si alguna vez termina en una corte internacional por culpa de las imprudencias de su familia —respondió Oliver, lanzando una mirada a Julián.
La cena terminó en desastre cuando Sir Archibald intentó explicar la importancia del precedente legal mientras Jean-Pierre tiraba vino tinto sobre el mantel para "analizar la mancha como una metáfora del nacimiento". Al final, Mía y Paz se levantaron de la mesa.
—Ya hemos decidido —dijo Paz—. Los padrinos serán Leo y Alice. Son los únicos con sentido común y que saben manejar una crisis sin citar a Aristóteles o al Código Penal.
Harto de la incompetencia de sus amigos, Leo los citó en la sala de seguridad para un curso intensivo de primeros auxilios. Puso dos muñecos de entrenamiento sobre la mesa.
—¡Situación de emergencia! —gritó Leo—. El bebé se ha tragado un diamante de la colección de la abuela. ¡Procedan con la maniobra de reanimación!
Oliver empezó a contar las compresiones con una precisión robótica, recitando las leyes de responsabilidad civil en caso de daño accidental. Pero Julián entró en modo "performance".
—¡No puedo simplemente presionar, Leo! ¡Tengo que encontrar el ritmo del corazón, la música de su respiración! —Julián empezó a presionar el muñeco con una técnica tan dramática y exagerada que, en un movimiento brusco, terminó rompiendo el resorte interno del maniquí de alta tecnología.
—¡Has matado al robot, Julián! —gritó Oliver. —¡No lo he matado, lo he liberado de su forma mecánica! —Se defendió Julián, mientras el muñeco echaba chispas.
Missiu Leguau observaba desde una estantería, mientras Napoleón lamía la cara del muñeco "accidentado". Leo se frotó las sienes, suspirando. —Definitivamente, el día del parto, yo estaré a cargo de la logística médica. Ustedes dos... mejor quédense en la sala de espera sosteniendo las flores.
Esa noche, el silencio volvió a la mansión. Las luces de Selene Global brillaban sobre el lago de Ginebra. Mía y Paz estaban sentadas en la terraza, compartiendo un té descafeinado y viendo cómo sus maridos intentaban, por tercera vez, encontrar la forma de abrir la "habitación-búnker" sin usar dinamita.
—¿Crees que estarán listos para cuando lleguen los bebés? —preguntó Mía, acariciando su panza. —No —rio Paz—. Pero va a ser muy divertido ver cómo lo intentan.
De repente, una sombra cruzó el jardín. No era un intruso, era Bastián, que seguía patrullando el perímetro con visión nocturna. Al verlo, Missiu Leguau soltó un maullido cómplice. El segundo trimestre estaba llegando a su fin, y el verdadero desafío estaba a la vuelta de la esquina.
#110 en Novela contemporánea
#47 en Otros
#31 en Humor
novela romántica, comedia romance, comedia humor enredos aventuras romance
Editado: 22.04.2026