Diseñando el Desastres

El Reflejo de la Luna (Mía y Julián)

La luz de la luna ginebrina entraba por los ventanales del estudio de arquitectura, bañando las maquetas de cristal. Julián estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en el escritorio, rodeando a Mía con sus brazos mientras ella descansaba la cabeza en su hombro.

—¿Tienes miedo? —susurró Mía, rompiendo el silencio—. De que ella no sea como esperas, o de que yo cambie.

Julián apretó el abrazo y besó su sien. Sus dedos trazaron círculos lentos sobre la curvatura de la barriga de Mía. —No tengo miedo de ella —respondió Julián con una voz inusualmente suave y vulnerable—. Tengo miedo de no ser lo suficientemente bueno para ella. Pasé tanto tiempo siendo el "Sterling divertido", el que no se tomaba nada en serio... y ahora, cada vez que siento su patada, me doy cuenta de que ella es mi obra maestra. Ni el edificio más alto del mundo se compara con el sonido de su corazón en la ecografía.

Mía tomó la mano de Julián y la presionó contra su vientre. —Vas a ser un padre increíble, Julián. Tu locura será su alegría, y tu talento será su inspiración. No tienes que ser perfecto, solo tienes que ser tú.

Julián sonrió, esta vez sin rastro de picardía, solo con una paz absoluta. —Solo quiero que cuando abra los ojos, lo primero que vea sea que su padre ama a su madre más que a nada en este universo.

El Peso de la Promesa (Paz y Oliver)

En el balcón de su habitación, Oliver observaba el horizonte mientras Paz se envolvía en una manta a su lado. El abogado, que siempre tenía una respuesta para todo, se veía inmerso en sus propios pensamientos.

—Oliver, estás redactando una ley en tu cabeza, te conozco —dijo Paz con una sonrisa suave.

Oliver suspiró y la atrajo hacia él. —Estaba pensando en mi padre, y en el abuelo. En lo rígidos que eran. Siempre sentí que para ser un Thorne tenía que ser una columna de piedra. Pero cuando te miro a ti, y sé que nuestro hijo está ahí dentro... me aterra la idea de ser demasiado frío.

Paz le tomó la cara con ambas manos, obligándolo a mirarla. —Oliver, eres el hombre más protector y leal que conozco. Si nuestro hijo hereda la mitad de tu integridad, será un gran hombre. No necesitas ser una columna de piedra; sé el suelo firme donde él pueda aprender a correr.

—Quiero que sea libre, Paz —confesó Oliver con un brillo de emoción en los ojos—. No quiero que sienta que tiene que seguir mis pasos, sino que sepa que, elija el camino que elija, su padre estará ahí con el contrato de apoyo incondicional ya firmado.

Paz rió bajito y apoyó su frente contra la de él. —Lo harás bien. Y si te pones demasiado estricto, yo me encargaré de enseñarle a romper un par de reglas. Por eso somos un equipo.




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