Esa noche, mientras la mansión descansaba, Leo se reunió con Valeria en la terraza. —Creo que ya han tenido suficiente por esta semana —dijo Leo, cerrando su tableta de control—. Julián casi se desmaya en el ascensor y Oliver ya ha redactado tres testamentos diferentes.
—Eres un monstruo, Leo —rio Valeria, dándole un beso—. Pero tienes razón, están empezando a aprender que no pueden controlarlo todo.
—Esa es la lección, Val. En esta familia, el control es una ilusión. Solo nos queda el amor... y un buen sistema de seguridad por si las alpacas de Bastián vuelven a entrar en el comedor.
Leo, aprovechando que los nervios estaban a flor de piel, instaló un circuito de obstáculos en el camino de entrada de la mansión. Usó conos, charcos de aceite sintético y ventiladores gigantes.
—¡Bienvenidos al Gran Premio Ferrer! —anunció Leo por el megáfono—. El objetivo es simple: Julián conduce su deportivo y Oliver va de copiloto. Tienen que completar el circuito en menos de tres minutos. ¿El truco? Tienen un huevo crudo montado en una sillita de bebé en el asiento trasero. Si el huevo se rompe, se consideran "padres negligentes" durante una semana.
Julián se puso sus gafas de sol de piloto. —Esto es diseño en movimiento, Oliver. No temas. —¡No temo al movimiento, temo a tu falta de amortiguación! —replicó Oliver, abrazando el botiquín de primeros auxilios.
El simulacro fue un caos. Cada vez que Julián tomaba una curva con estilo, Oliver gritaba: —¡Fuerza centrífuga excesiva! ¡El "pequeño Justiniano" va a sufrir un traumatismo de yema!
Al llegar a la meta, Leo se acercó al coche con una linterna. El huevo estaba intacto, pero Julián y Oliver estaban verdes del mareo. Valeria, desde la grada, le susurró a Leo: —Eres diabólico. Sabes que el huevo estaba pegado a la silla con pegamento fuerte, ¿verdad? —Shhh —Rio Leo—. Deja que crean que tienen reflejos de Fórmula 1.
La abuela Juliette decidió que ya bastaba de juegos tácticos y organizó un té de etiqueta. El código de vestimenta era "Gala Real" y el regalo debía ser una herencia familiar.
—Para la futura Sterling —dijo Juliette, abriendo una caja que contenía un collar de esmeraldas que perteneció a una duquesa rusa.
En un momento de distracción, mientras los adultos discutían si el verde esmeralda combinaba con los ojos de Mía, Napoleón, el San Bernardo, se acercó a la mesa. Confundió el brillo de las piedras con los reflejos de sus juguetes de goma y, de un lengüetazo, atrapó el collar.
—¡Napoleón, no! —gritó Julián, viendo cómo 200.000 euros en joyas desaparecían en la boca del perro.
Se produjo una persecución digna de una película de comedia por todo el jardín. Julián intentaba sobornar al perro con jamón serrano, mientras Oliver intentaba redactar un "Acta de Recuperación de Bienes Preciosos". Al final, Napoleón soltó el collar voluntariamente... justo encima de los zapatos de gamuza nuevos de Julián.
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Editado: 22.04.2026